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Email, un treintañero que peina canas

\”¡Lo que ha hecho Dios!\” fueron las primeras palabras que envió a través de telegrama su creador, Samuel B. Morse. Corría el año 1844. Sólo por el contenido de la frase se puede sospechar que el inventor era consciente de que su artilugio se convertiría en una herramienta fundamental en los años venideros. \”Sr. Watson, venga aquí. Le necesito\”, fue lo que le espetó Alexander Graham Bell a su ayudante en lo que se convirtió en la primera llamada telefónica, el 10 de marzo de 1876. \”Nos comunicamos a través del tiempo y del espacio… Este nuevo poder puede promover la paz entre las naciones\”, fue el utópico y esperanzado mensaje que el embajador del Reino Unido en Sudáfrica emitió al primer ministro del país a través del sistema de telegrafía sin cables creado por Marconi. Todos ellos, en fin, sabían que estaban haciendo historia.

\”No tengo ni idea de lo que contenía el primer mensaje. Puede haber sido la primera línea del Discurso de Gettysburg de Abraham Lincoln, es todo lo que sé. Sí recuerdo que todo estaba escrito en mayúsculas\”. Esto es lo máximo que llega a recordar Ray Tomlinson, el inventor de lo que 30 años después se ha convertido en una herramienta imprescindible para la mayor parte de sus 125 millones de usuarios en todo el mundo: el correo electrónico. Desde que se realizara el primer envío en el otoño de 1971, las costumbres, no sólo sociales, sino también laborales, se han transformado en el mundo desarrollado gracias a su invento.

Para muchos usuarios de Internet, el email es la función más empleada de la Red (según ha recalcado Baquía Inteligencia, sólo en España el 93,6% de los internautas tiene una dirección de correo particular, mientras que en el trabajo, los estadounidenses reciben como media 22 mensajes de correo al día). Los últimos estudios apuntan a que en el año 2000 se enviaron unos 2,6 billones de mensajes de correo electrónico. Realizadas las divisiones adecuadas, el resultado es de 7.000 millones de correos al día, todo ello sin contar los mensajes no deseados (\”spam\”) que, cada vez más, inunda los buzones de los internautas.

@ con canas

El inventor del email es un sesentón sorprendido estos días por el asedio al que es sometido por parte de la prensa con la intención de que recuerde cómo gestó a su bebé. Pero éste no fue su único logro: además puede vanagloriarse de ser el responsable de que la letra arroba esté casi tan integrada en la conciencia colectiva como las que componen el abecedario. Tomlinson necesitaba un símbolo seguido por el nombre del acceso del usuario para distinguir los mensajes enviados a un buzón de correo electrónico de mandados a la red. 30 años después considera que la arroba \”parecía tener sentido. Utilicé el símbolo @ para distinguir los mensajes que se dirigían a los buzones de nuestros ordenadores de los que se mandaban a otra red distinta a la local\” (@ en inglés se lee At, que traducido al español significa \”en\” un lugar).

A diario se envían 7.000 millones de correos electrónicos

Transcurrido el treinta aniversario del descubrimiento del email, una de las primeras conclusiones que se extraen es que Ray Tomlinson es un tipo con mala memoria. No recuerda el contenido del primer mensaje y mucho menos la fecha exacta en la que se mandó. Tan sólo es capaz de afirmar que se produjo en el verano de 1971. Tiene que ser Jerry Burchfiel, su compañero de escuela y trabajo, quien aporte detalles más concluyentes. Por ejemplo, la primera reacción que generó en Tomlinson su propia creación: \”Me comentó: no se lo digas a nadir. ¡Esto no es en lo que, teóricamente, hemos estado trabajando todo este tiempo!\”.

Computadoras siamesas

A principios de los setenta, Ray Tomlinson trabajaba como ingeniero en la compañía BBN Technologies de Cambridge (Massachusetts), filial del operador de telecomunicaciones Verizon. En 1965 se había graduado por la MIT, empleando los dos años siguientes en estudiar su curso de doctorado. Una vez que comenzó a trabajar en BBN, su principal inquietud laboral era encontrar un sistema adecuado para que los investigadores se pudieran comunicar entre sí. Pensarlo y llevarlo a la práctica fue algo que no le llevó demasiado tiempo.

Entres los meses de septiembre y octubre envió su primer mensaje. Entonces disponía en su sala de dos ordenadores PDP-10 \”que se encontraban, literalmente, situados uno al lado del otro. La única conexión física que existía entre ellos era la que se producía través de ARPANET\”, evoca Tomlinson. ARPANET (Agencia para la Investigación de Proyectos Avanzados) fue el germen de lo que posteriormente sería Internet. Se trata de la primera red creada por el Gobierno de EEUU para responder a los posibles avances de los soviéticos y sus investigaciones espaciales. Si se le pide al inventor del correo electrónico que haga un esfuerzo y recuerde en qué demonios consistió el texto que escribió, responde con una serie de letras que, extraoficialmente, se han convertido en el primer mensaje de texto enviado a través de email y que era otra cosa que la primera línea del teclado: \”QWERTYUIOP\”.

Una vez que Tomlinson comprobó que la cosa marchaba, mandó un segundo mensaje: esta vez para comunicar a sus compañeros la existencia de su nuevo invento, añadiendo unas palabras sobre cómo se debía emplear y para qué servía ese símbolo tan extraño de una \”a\” con rabo. \”El primer uso que se hizo fue para informar de su propia existencia\”, comentaría Tomlinson años después.

Las letras \”QWERTYUIOP\” compusieron el primer mensaje de email

En cualquier caso, era \”algo no muy grande\”, compuesto por unas 200 líneas de código. Para ello, utilizó dos programas: uno que permitía transmitir archivos, bautizado con el nombre de SNDMSG (Send Message) y otro que permitía recibirlos, llamado READMAIL. También utilizó un protocolo para las transmisión de datos denominada CPYNET. Su principal utilidad residía en que permitía enviar y recibir archivos a otros ordenadores que se encontraran conectados a la Red. Eso sí, no se podía añadir información a los archivos que se transmitían. \”El resultado final era simplemente la combinación de los dos programas existentes, permitiéndole a una persona enviar un mensaje por primera vez a un usuario de la computadora específico en cualquier computadora conectada a la red ARPA\”.

El primer modelo de un invento siempre produce un sentimiento entremezclado de ternura y asombro. Ternura porque uno puede imaginar la sensación de júbilo que embargó a su responsable cuando concluyó su cacharro. Asombro porque cuesta entender cómo sus usuarios podían ser felices con un invento que, visto varios años después, resulta ser algo perfectamente inútil. ¿Se imagina ir al trabajo montado en el primer vehículo de la historia?, ¿o ver la televisión en el aparato que se lanzó en 1928?. Lo mismo ocurre con el email. Si sólo se dispusiera de él para comunicarse con los amigos o realizar alguna tarea laboral, resultaría imposible. Y es que el correo de 1971 sólo permitía enviar un mensaje a una persona que dispusiera de un buzón en la misma computadora del remitente. El ordenador personal, por aquel entonces, ni siquiera existía (tardaría diez años más en aterrizar). Además, la conexión obligaba a que la longitud del texto fuera lo más breve posible: el modem más desarrollado de entonces funcionaba a 300 baudios, 20 veces más lento que un estándar actual de 56k.

Un invento cantado

En 1976 el correo electrónico lo utilizaban ya con relativa normalidad los investigadores de BBN Technologies. Fue entonces cuando estos tomaron conciencia de lo que se había descubierto. Un comunicado interno redactado esos días hace hincapié en que se trata de una herramienta que ha entrado con sigilo pero que no tiene pinta de perecer. El desembarco del correo electrónico fue parecido a la entrada de una persona tímida en una fiesta con no más de diez invitados. \”Un aspecto sorprendente del servicio de mensajes es que no se planeó, fue imprevisto y no recibió ningún tipo de apoyo para que saliera adelante, ni en los primeros días ni en su etapa posterior de crecimiento\”.

No obstante, el uso del correo electrónico fue marginal hasta la década de los 80, cuando las computadoras personales comenzaron a ganar terreno en los hogares de los países desarrollados. Su consolidación llegaría en los años 90, época en la que Internet dejó de ser un palabrajo para estar presente en las conversaciones de las personas.

Ahora una persona no es nadie si carece de una dirección de correo electrónico. Nos hemos habituado a escribir a los amigos mediante este sistema (recuperando así la tradición epistolar, tan descuidada en las últimas décadas) o incluso a conocer a otras personas parapetados bajo la seguridad que proporciona la falta de identidad. La funcionalidad del email en este tiempo ha sido fundamental: gracias a él se puede transmitir conocimiento y permite crear pequeños foros en los que se transmiten opiniones, que no dejan de ser pequeños retazos de sabiduría. El correo electrónico es el ágora de la Grecia clásica.

La creación de Tomlinson no ha causado una revolución. Si acaso, tan alto privilegio sólo recae sobre Internet. Pero ha mejorado la vida de muchas personas y ha agilizado las comunicaciones. No obstante, es un invento que deberá enfrentarse a una competencia cada vez más poderosa: los programas de mensajería instantánea le comen terreno día a día. Con los años es posible que se convierta en un viejo demasiado joven al que la mayoría deja de lado.


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