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En la piel del usuario

Nunca ha habido tanta liberalización en los distintos sectores económicos como ahora (al menos en teoría); jamás hubo época donde proliferara tamaño número de asociaciones de consumidores y usuarios como la actual. Y por supuesto, tampoco tienen antecedentes nuestra desidia y pasotismo.

Hace unos días, Antena 3 emitió un reportaje con datos bastante abracadabrantes: cada consumidor paga al año un promedio de seiscientos euros en servicios que realmente no recibe, o lo hace de forma lamentable.

En estas nuestras –sus- páginas nos dedicamos a escribir sobre tecnología, una de las industrias donde precisamente se dan numerosos y flagrantes casos de desprecio a los derechos de los consumidores.

Sin embargo, y salvo casos esporádicos, aislados, de personas que luchan por sus legítimos intereses hasta donde haga falta, la inmensa mayoría de los ciudadanos vive instalada en un conformismo preocupante. Creo que si un decreto gubernamental nos obligara según nos levantamos por la mañana a bailar Paquito el Chocolatero, por lo menos los primeros compases, nadie o casi nadie protestaría. Aquí aguantamos lo que nos echen.

Insólito

Puede que algún paciente lector considere que estamos llegando demasiado lejos en nuestra crítica. Bien, pues demos un paso más: esta situación no tiene parangón histórico alguno. En todas las épocas, las distintas sociedades han peleado, a veces denodadamente y sin bajar jamás la guardia, porque no se rieran de ella.

Estamos instalados en una autocomplacencia, en un bienestar, que hacen imposible cualquier atisbo de protesta. ¿Nos haría falta pasar una temporadita en Somalia?

La crisis de las naciones-estado ha dejado al descubierto un nuevo poder, el corporativo. Son las grandes empresas, las multinacionales de mayor raigambre y poder económico, las que hacen y deshacen a su antojo. ¿Ustedes creen que si de verdad hubiera libre competencia, nosotros no saldríamos beneficiados? Naturalmente que sí.

En su lugar, las compañías se dedican a pactar los precios (energía, petróleo, telecomunicaciones, etc) en la mejor tradición de las familias de la Cosa Nostra. El libre mercado queda para despedir gente a un coste casi cero, para que los especuladores inmobiliarios hagan su agosto permanente…

Toma de conciencia

Lo más extraño de todo es que, lejos de lo que pueda pensarse, el poder del consumidor es decisivo. Somos unos títeres bastante abotargados, sí, pero con organización y sentido común podríamos poner de rodillas a quienes nos dan gato por liebre. Simplemente para que nos den lo que es nuestro, aquello por lo que pagamos.

Bueno, vamos teniendo algunos detalles esperanzadores: el Gobierno francés ha sucumbido ante los jóvenes franceses en el asunto de los contratos laborales, y en España se acaba de protagonizar una sentada por unas viviendas dignas.

Es probable que usted lea este artículo recién llegado de la playa, de este puente de San Isidro. Usted, como yo, como cualquiera, va planificando ya sus vacaciones veraniegas. Pero, ¿qué opinión le merece lo expuesto en estas líneas? ¿Qué granito de arena aportaría en pro de los derechos de los usuarios?


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