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Flash-mobs: ¿arte 2.0, espectáculo, o celebración del frikismo?

Ayer tuvo lugar en la estación de Atocha de Madrid un flash-mob, es decir, una concentración de personas reunidas para ejecutar, durante un breve periodo de tiempo, una acción insólita, para luego dispersarse. En esta ocasión el objetivo de la convocatoria era permanecer cinco minutos inmóviles en los tornos de entrada de la estación.

¿Para qué se organiza un flash-mob? Puede haber muchas interpretaciones, pero digamos que el objetivo básico es sorprender a los espectadores. Curiosamente, ayer en Atocha eran pocos los sorprendidos, y muchos los que intentaban sorprender.

Lo cierto es que era difícil que la convocatoria pillara a demasiada gente desprevenida, pues durante los días anteriores se había anunciado en diferentes blogs y webs, e incluso la noticia había aparecido en uno de los diarios gratuitos que se reparten todas las mañanas en la ciudad. En este sentido, el factor sorpresa estaba seriamente amenazado.

Observen el vídeo del flash-mob que se organizó en la Grand Central Station de Nueva York hace unos meses, en el que se inspiraron los organizadores del encuentro de Madrid. Hay una diferencia fundamental: los participantes no sabían para qué se les había convocado. Se reúnen en un parque y se les explica que el objetivo es “congelarse” durante cinco minutos en la estación. La espontaneidad del acto estaba garantizada, y no hay más que observar las expresiones de perplejidad de los transeúntes para comprobarlo.

El acto de Madrid, en cambio, no parecía otra cosa que una celebración del frikismo: multitud de cámaras –de profesionales y aficionados- filmando el acontecimiento, estudiados ademanes, transeúntes (pocos) que mostraban más fastidio que estupor o curiosidad… En definitiva, mucha pose y poca sorpresa, a decir verdad.

Observen otra diferencia esclarecedora: el final del acto neoyorquino es discreto: unos pocos aplausos, y cada uno marcha por donde ha venido. En cambio, en la estación madrileña a los cinco minutos de quietud sigue una especie de explosión de júbilo: gritos, vítores, saltos y demás muestras de euforia. ¿A cuento de qué, se preguntarán? Eso mismo me pregunto yo, y no me cabe otra explicación que esta: asistimos a una -pueril- autoexaltación del frikismo: “¡Guau, lo que acabamos de hacer! ¡Hay que ver lo frikis que somos!”. Pues mire usted qué bien.

A estas alturas supongo que todos los flash-moberos nacionales habrán sacado sus afilados puñales y me estarán acribillando o burlándose de mi humilde opinión en sus blogs y webs meneantes. No se me alteren: yo no digo que no tengan derecho a hacer ésta y todas las gansadas que se les antojen. Sólo les pediría, para próximos eventos, un poco más de estilo y un poco menos de egolatría.

Al principio de este escrito me preguntaba qué sentido tiene organizar un flash-mob. Creo que se puede entender como una forma de expresión artística, digamos un “arte 2.0”, protagonizado por masas anónimas, que de alguna manera crean un vehículo para expresar una visión de su entorno, o canalizar un estado de ánimo. Al fin y al cabo, en eso consiste básicamente el arte, ¿no les parece?

Eso sí, entiendo que una de las finalidades del arte es emocionar al espectador, o cuando menos, transmitirle algún tipo de sensación. Si en una supuesta expresión artística el único que se emociona es el “artista”, entonces estamos hablando de otra cosa…

¡Ah! Y para los que se lo estén preguntando: sí, yo también estuve en el flash-mob de Atocha. ¿Alguien me reconoce?


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