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Fusión caliente

A primera vista la decisión de Apple de permitir a sus usuarios instalar el sistema operativo Windows XP en sus ordenadores Mac parece una idea descabellada: como si un socio del Barça se sacara el carné de simpatizante del Real Madrid, o como si un amante de la Coca Cola se pasara súbitamente a la Pepsi. Los maqueros, que se calculan en torno a un 5% de los usuarios informáticos, casi forman una especie de hermandad, orgullosa de distinguirse de la masa de usuarios de Windows, con sus máquinas de diseño y sus programas que les protegen de virus, cuelgues y rendimientos dudosos.
La operación convierte a Apple en el único fabricante de ordenadores que pueden funcionar con cualquier sistema operativo. Y eso beneficia a los usuarios de ambas partes: aquellos acostumbrados a los ordenadores más o menos convencionales y que no han utilizado nunca un sistema operativo distinto a los de Microsoft, tienen ahora la oportunidad de probar las prestaciones de un Mac y empezar utilizando el software que les es más familiar, para poco a poco ir descubriendo las posibilidades que les brinda Mac OS X. Y viceversa, los maqueros podrán dejar de sentirse bichos raros y reservar una partición de su disco duro para instalar Windows, dejando de ser incompatibles con el 95% de la humanidad informática. Todos ganan, incluidas las acciones de la compañía.


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