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Innovatio non petita, accusatio manifesta, o la dificultad de innovar y algún consejo para lograrlo (I)

La innovación en las empresas es una ardua y a veces “non grata” labor. En primer lugar, porque el día a día suele ser tan complicado que la innovación siempre acaba quedando en la cola de lo urgente, aunque aparezca en cabeza de la lista de lo importante. Y eso nos conduce a una realidad: para abordar el proceso de innovación, el tamaño de la empresa ha de ser considerable. En este caso, el tamaño sí importa.

Las empresas grandes suelen tener su departamento de i+d. Muchas han añadido ahora una nueva i, de Innovación, i+d+i, porque innovar e investigar creo que son dos procesos creativos diferentes, y a veces con objetivos diferentes. Las grandes empresas, por tanto, tienen recursos para presentar proyectos a los organismos que ofrecen subvenciones y ayudas.

Pero cuando se trata de pymes, micropymes o emprendedores, me temo que la innovación es una tarea casi siempre pendiente. Y digo innovación y no actualización tecnológica, que son dos cosas muy diferentes. Últimamente he leído informes que indican que la implantación de las nuevas tecnologías en la empresa en España es muy elevada, léase: el 98% de las empresas tienen ordenador y el 94,3% acceden a Internet. Bien, pues yo creo que llamar “implantación de nuevas tecnologías” a tener un ordenador y acceso a Internet no deja de ser un eufemismo.

Empezando por los emprendedores, es cierto que han de ser brillantes, abnegados, trabajadores incansables, creativos y grandes profesionales. Pero además, deben ser ricos. A ver: ¿qué emprendedor que se precie no tiene 250.000€ para invertir? Sin duda, las ayudas han aumentado, pero en la mayoría de ocasiones exigen que el emprendedor aporte bastante dinero, en general un 30% de la inversión total; en otros casos dan créditos de 100.000€, o premios a la innovación de 36.000€.

Por experiencia: salvo que quieras “actualizar tecnológicamente” tu pequeño comercio o empresa, con esa cantidad grandes ideas, negocios, patentes o desarrollos son inviables. Seamos serios y preguntémonos cuánto vale el kilómetro de autopista y cuál sería su impacto sobre el PIB, frente a estas cantidades y los ingresos que el Estado por impuestos de sociedades, IRPF y Seguridad Social ingresaría si se asignaran cantidades más serias y significativas a proyectos de gran impacto y potencial tecnológico.

Me cuesta mucho imaginar cómo empresas como Cisco, Google o eBay (por citar ejemplos muy conocidos, pues hay muchas que no cotizan en el Nasdaq pero con gran capacidad y mercado) podrían surgir en nuestro país. En EEUU no hay muchas ayudas, -aunque creo recordar que eBay sí recibió alguna-, pero su estructura financiera es muy diferente. Incluso tienen la figura del business angel, que permite hacer una prueba de concepto antes de acudir a otras figuras de inversión. En España eso no existe. Capital semilla… casi insignificante.

Eso sí, los préstamos promotores de los bancos para el ladrillo son y han sido increíbles. Claro, todo tangible y cortoplacista. Pero si te presentas con un proyecto, por muy bueno que sea, te dirán que en este país eso no se lleva. Son pocos los que tienen estructuras para tales tipos de iniciativas. Si de micropymes o pymes se trata, lo más que suelen hacer es ofrecerte los préstamos ICO, y sólo si eres muy buen cliente, pues no son significativos en su cuenta de objetivos. Y tampoco son para tirar cohetes.

El camino del emprendedor y la innovaciÓn es, como la vieja canción de los Beatles, largo y tortuoso. Hay millones de grandes ideas que se quedan en el camino por falta de apoyo y de fe, esa fe en esa otra religión que se llama innovación. Pensemos en el turismo, una de las grandes fuentes de ingresos de nuestro país: el territorio sobre el que construir es siempre escaso, los turistas cada vez tienen opciones más baratas, gastan menos y vuelan en aerolíneas de bajo coste… Pero es lo que conocemos, y nos sentimos cómodos con ello. Por el contrario, el ciberespacio es infinito, y el mercado global, pero hay pocos “creyentes”, y a veces con razón.

Conozco numerosas empresas pequeñas a las que irles con el cuento de la innovación es casi como presentarles un extraterrestre: les haces dos preguntas sobre cómo hacen las facturas, o si usan el email, o qué hacen en su página web, y te responden que todas las facturas de los siete últimos años las tienen en una hoja de calculo, y que no tienen copia de seguridad porque su PC no se ha estropeado desde que lo compraron. Yo les respondo que vayan al puesto de la ONCE más cercano a comprar un cupón, porque sin duda son personas afortunadas. La lista de anécdotas es casi infinita.

En tecnología, como en casi todo, más vale prevenir que curar. Todo el que compra un coche asume que tiene que llevarlo regularmente al taller a pasar las revisiones necesarias para que el coche dure más; sin embargo, otras tecnologías parecen no ser asumidas de igual forma. ¿Cuál es el problema? ¿Qué hacemos mal los tecnólogos? ¿Y los informáticos en particular? Supongo que algo de culpa tendremos, aunque no toda. Pero debemos asumir nuestra responsabilidad y tratar de cambiar todo esto. Es el rol que la sociedad nos exige, o que al menos debemos exigirnos nosotros mismos.


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