Innovatio non petita, accusatio manifesta, o la dificultad de innovar y algún consejo para lograrlo (II)

Sacar partido a las nuevas tecnologías, al móvil, al PC, a Internet, desde el email hasta la web, es un proceso continuo, y debe entenderse como una inversión. Si tener el PC, el ADSL, el email o la web supone un gasto inútil, mi consejo, en tales casos, es que es mejor darse de baja y volver a los métodos tradicionales. Es más como tener un abogado al que le pagamos una cuota para asesorarnos en el día a día, que no pagarle una enorme minuta cuando el problema ya ha surgido.

En Baleares estoy tratando de crear un clúster de pymes, primero, para ver si consigo que entiendan el significado de clúster, segundo, maximicen su capacidad comercial, y por último, evangelizar sobre la innovación, y es todo un reto. La mayoría tienen su web porque hay que tenerla (léase gasto) y ni siquiera saben cuántos acceden, ni cuáles son sus productos más visitados. En general, ni siquiera tienen una base de datos de usuarios-clientes registrados. Algunos tienen email y lo usan esporádicamente, y casi ninguno contesta a todos los emails que recibe. Incluso hay quien devuelve el mensaje llamando por teléfono… Esto no es lo que yo llamo implantación tecnológica.

Todo el mundo dice que el arquitecto o el abogado son caros, pero admite el precio a cambio de su conocimiento, experiencia y reconocimiento profesional (no siempre demostrados). Pero con el informático se busca, sin más, el más barato, eso si no tienes un primo o un vecino que estudia en alguna academia, que con eso ya te vale.

La realidad es que en informática todo esto está totalmente desvirtuado, desde el mismísimo momento en que cualquiera programa y nadie tiene que “validar”, ni se responsabiliza del código programado ni de su calidad. En mis ya casi 20 años de profesional, tan sólo uno de mis clientes me pidió que depositara en un escrow (especie de registro en el que depositas el código fuente para casos necesarios, como cierre de la empresa, litigios…) las aplicaciones que desarrollamos para su empresa. Lo cual debería ser un caso normal y no una excepción. Y no quiero contar la cantidad de empresas pequeñas que tienen su “aplicación” desarrollada por un amigo programador que en sus ratos libres le ha hecho, con los años, todo el sistema, y se lo ha ido vendiendo a diez o doce comercios similares de la zona. Espero que cuente con una salud y mucha suerte en la vida para que no le pase nada a él ni al código.

Y qué decir sobre aquellas empresas de desarrollo de webs, que te cobran una pasta por el supuesto desarrollo, que luego revenden a todos los clientes en formato licencia de uso cobrando a cada uno como si se lo hubieran “desarrollado” de nuevo, cuando en la mayor parte de los casos, diseñar una página web debería ser considerado un trabajo de imprenta y diseño gráfico, pero no de programación.

(Aprovecho para remarcar mi fuerte discrepancia con los defensores de que el código HTML y derivados son lenguajes de programación, dado que son meros programas de visualización de información. En estos casos, hasta algunos cobran por modificar el contenido y en casi ninguno se reconoce la propiedad de los contenidos del cliente.)

Y cuando les explicas, a modo de consejo amistoso, todo lo que hacen mal, la mayoría te mira con total extrañeza y no se vuelve a hablar del tema hasta que vuelven a tener un incidente. De hecho, cuando me preguntan mi profesión he optado por decir cualquier cosa menos informático, o empresario a secas.

Como anécdota contaré que he cambiado de médico de cabecera recientemente; mientras esperaba en su consulta, a la recepcionista y esposa del doctor, más bien aburrida, le dio por preguntarme a qué me dedicaba y, descuido mío, le dije que era informático. Inmediatamente me soltó la charla de que su hijo tenia un problema con el ordenador y no sé que virus que le había machacado y que a lo mejor yo podía solucionárselo sólo con que la buena señora me explicara los síntomas en ese momento. Muy educadamente le dije que igual que yo acudía al doctor por un problema de salud, lo adecuado era que su hijo acudiera a una empresa especializada para que le solucionase el problema.

Y es que esa es otra faceta curiosa de nuestra profesión: nuestra capacidad de visualización remota e inmediata, casi clarividencia. Alguien te llama por teléfono y te cuenta, a su manera, lo que le pasa, como si uno fuera el mago Merlín. ¡Ah! Y nunca han hecho nada mal, ni han borrado nada, ni cambiado la configuración. En medicina, el médico te hace un examen y te manda una analítica, pero en informática no. Debemos tener clarividencia.

Imaginaros: cuando se trata de innovación y tratas de explicarle a un cliente que primero debes conocer lo que hace su empresa, los procesos, y que si quieres mejorar su cuenta de resultados necesitas información financiera… directamente archivan el tema. Te miran como diciendo: “¿Qué querrá saber este de mi empresa? ¿Y por qué va a saber más que yo de mi empresa, o qué va a saber que yo no sepa de mi negocio? “.

La mayoría no te escucha cuando explicas que tú trabajas con procesos, tecnología y metodología de innovación, y que no sabes nada de su negocio ni tratas de robarle información. Pero te miran igualmente escépticos. Tendríamos que inventar la receta informática, un papel con en el que enviases de tu parte al “paciente” con su ordenador, y te devolvieran un diagnóstico del mismo antes de poder dictaminar el tipo de “virus” que le afecta. Lo mismo para la innovación. De hecho, creo que voy a poner en práctica esta idea…


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