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Kanye West, un ejemplo de los conversos de Twitter

 

 

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De primeras, muchos usuarios -incluyendo los más aficionados a la tecnología- miraron con desconcierto a Twitter, ese servicio que no era un blog y no era un mensaje de texto desde el móvil y no era una red social, pero tenía un poco de todo eso.

Hoy en día, hay más de 20.000 millones de tweets publicados, pese a la ocasional ballena blanca que indica una caída del servicio. Una estadística reciente señala que los estadounidenses pasan el 23 por ciento de su tiempo online en medios sociales, y Twitter se lleva un pequeño trozo de ese pastel. Eso es mucho tiempo, y mucha gente twitteando, entre los que por fuerza habrá unos cuantos de los que antes renegaban del pajarito azul.

Quizá el ejemplo más llamativo que hemos visto últimamente es el del rapero Kanye West. Llamativo sobre todo porque es famoso y no se mordió la lengua al poner a caldo a Twitter hace un año. A West le molestaban las cuentas falsas (parte de la diversión de la red, y el motivo por el que existen las "cuentas verificadas") y no parecía verle sentido porque "sólo pongo en mi blog el cinco por ciento de lo que hago".

Ahora parece haberse reconciliado con la tecnología (paseos por las sedes de Facebook y Twitter incluidos) y se ha creado una cuenta en la que habla entre otras cosas de marcas comerciales como Versace o Rolex. También ha decidido seguir a uno de sus fans, que no está demasiado contento con la atención que se le presta de repente.

Pero West, aunque quizá el más sonoro en sus críticas, no es el único que ha cambiado de opinión sobre este tema. El jugador de baloncesto LeBron James, por ejemplo, se hizo una cuenta de Twitter como parte del circo mediático organizado en torno a su decisión sobre en qué equipo de la NBA jugará la próxima temporada. Y aunque durante años no le había prestado la más mínima atención al servicio, ahora sigue actualizando con frecuencia.

The New York Times recoge estos días la historia del periodista y escritor Buzz Bissinger, que ha pasado de criticar el "veneno" de los textos online, especialmente los blogs, a tener una cuenta de Twitter que es de todo menos amable, con un frenético ritmo de actualización y un lenguaje que puso en problemas al diario estadounidense para citarle, debido a su política de evitar palabrotas y blasfemias.


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