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La fibra oscura

Durante los últimos dos años, el planeta se ha convertido en una especie de ovillo alrededor del cual se enroscan más de 160 millones de kilómetros de fibra, algo más que la distancia Tierra-Sol. Las compañías han gastado 35.000 millones de dólares en desarrollar sus redes.

Los motivos estaban claros, al menos entonces. Hace un año, la demanda de equipos de transmisiones ópticas no hacía más que subir. El tráfico en las redes troncales de Internet se doblaba cada tres meses. Las líneas de fibra óptica se extendían a lo largo de las líneas férreas, conducciones de gas y cualquier zanja con licencia que pudieran encontrar.

Porque el coste de tender fibra físicamente es muy elevado: 160.000 dólares por kilómetro. Los proveedores de servicio de cable en las ciudades se enfrentaban con inversiones iniciales terroríficas. Pero una vez terminada la red, las posibilidades son enormes: transmisión de datos, televisión a la carta, telefonía, Voz IP…

La fibra óptica es un material sorprendente. Las fibras tienen un grosor diez veces menor que el de un cabello humano. Su interior es tan transparente que si los océanos estuvieran hechos de él, se vería el fondo y la costa al otro lado del Atlántico. Las señales viajan por ellas hasta 70 kilómetros sin necesidad de regenerarlas con repetidores.

Por estas fibras circulan bits en forma de luz. Sólo con dos de ellas se pueden transmitir 60.000 conversaciones telefónicas simultáneamente. Estas son las verdaderas autopistas de la información, con una capacidad impresionante para crecer: sólo es necesario cambiar el equipo de transmisión de uno de los extremos, y se puede enviar 10 veces más información por el mismo cable. Son el vehículo para la utopía futurista.

Pero la situación actual se parece más bien al futuro desolado de Mad Max. Las autopistas se han quedado vacías, sin carreteras secundarias que las conecten con los usuarios. Ahora que las fibras ya están tendidas, \”iluminar\” la red, como se llama en el negocio a transmitir algo por ella, es una misión imposible. Los equipos que se conectan en los extremos resultan demasiado caros para el achuchado aparato empresarial de la tecnología.

Con el descenso de las inversiones se compran menos equipos a los fabricantes, como Nortel o JDS, no se pueden abaratar los costes de conexión, las empresas no contratan los servicios y los proveedores de acceso no pueden ofrecer banda ancha a precio razonable.

Al final de la cadena se encuentran las empresas que tendieron la fibra, como Level3 y OSI Systems, que contemplan con desesperación cómo no hay clientes que paguen el peaje en sus redes, y no tienen forma de sus inversiones hasta dentro de unos cuantos años. Según Salomon Smith Barney, sólo un cinco por ciento de la red de fibra está iluminada. Poner en marcha el resto costaría en conjunto a los potenciales clientes 500 millones de dólares y 15 meses, suponiendo que estuvieran dispuestos.

En Europa el efecto es menor, pero porque las compañías de telecomunicaciones del continente se han buscado su propia cruz: UMTS. Otro ejemplo de una tecnología construida con la esperanza de una demanda exponencial, y que la realidad social y tecnológica retrasará unos cuantos años. Como siempre, se trata de encontrar el equilibrio entre lo que se puede hacer, lo que los usuarios quieren y la fecha en la que se puede ofrecer de verdad un servicio.

Por supuesto, la demanda no cesará, y cuando llegue el momento tanto las empresas como los usuarios domésticos estarán encantados de navegar por esa red. Sólo hay que esperar un poco más de lo previsto. Pero por el camino pueden quedarse algunas compañías que no podrán sobrevivir al bache. A los \”fibreros\” que tendieron el cable les espera un destino peor que la muerte: ser comprados a bajo precio por las operadoras de telefonía con las que querían competir.

Además, con tamaño exceso de cables de cristal, cuando el mercado se reactive, los usuarios se encontrarán con las autopistas por estrenar, más capacidad de la que podrían soñar, y un montón de empresas intentando sacarle partido. Un escenario perfecto para que el ancho de banda baje de precio de forma espectacular. A río revuelto, ganancia de pescadores.


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