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La paradoja española

Somos de los más aficionados del mundo a calentar la silla en el trabajo. Bueno, mejor sería decir que de los más obligados. Esto ya parece malo, pero podría tener al menos su recompensa en la cuenta de resultados del país. Nada más lejos de la realidad. Nuestras tasas de productividad están a la cola de Europa. Entonces, ¿qué demonios hacemos tanto rato delante del ordenador?

Suponemos que cada uno se lo montará como mejor pueda o le parezca. Sin embargo, parece claro que nos pasamos en la oficina bastante más tiempo del necesario para sacar adelante los temas laborales.

Se trata de una espiral de lo más negativo: hoy salgo tarde de la oficina, mañana sé que ocurrirá lo mismo, me acuesto pensando en la que me espera al día siguiente y cuando llega éste llego al trabajo ya medio agotado mentalmente. Y así una jornada tras otra…

Cualquier observador mal informado pensaría que nos encontramos en la edad de piedra. Que disponemos de malas herramientas, de inadecuados instrumentos de producción. Pero vivimos en la era de la tecnología, lo cual curiosamente tampoco es que sea de gran ayuda.

Porque el advenimiento de sistemas de comunicación como el correo electrónico o la plena informatización de las oficinas están lejos de garantizar que las cosas se hagan de forma más rápida. A veces sucede todo lo contrario.

Sin embargo, sabemos que la tecnología nos permite algo muy importante: llevarnos el trabajo a casa y flexibilizar nuestros horarios. Naturalmente no en todos los sectores, pero sí en los suficientes como para que la conciliación de la vida laboral con la familiar, en la que el Gobierno parece estar tan implicado, deje de ser una utopía. ¿Por qué no nos ponemos entonces ya manos a la obra? Más.


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