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Las discográficas, sordas como tapias

El fenomenal desarrollo experimentado por Internet en el año 2000 ha supuesto una fuerte patada en los cimientos sobre los que se sustentan negocios como la música, el cine o la literatura. De todos ellos, el mercado discográfico es el que mayores temblores ha sufrido. La explosión de compañías como Napster o MP3.com y la aparición de programas peer to peer como Gnutella o Scour son la voz de la conciencia que indica a los directivos el camino a seguir: o se adaptan, o mueren. Y claro, cada uno hace lo que puede, aunque casi todos dan palos de ciego.

El año de la movida

Hasta comienzos del pasado año las discográficas no parecían preocuparse demasiado del fenómeno MP3. El formato existía ya desde hacía más de una década y el ruido de los pequeños y aislados experimentos, como el de Tom Petty y su canción Free Girl Nowque fue descargada por más de 150.000 personas-, había sido silenciado hasta hacerse casi imperceptible. Lo mismo sucedía con los débiles ecos del juicio de la Recording Industry Association of America (RIIA) contra Diamond Multimedia Systems, por su atrevimiento al lanzar un reproductor de MP3.

Además, por si las moscas, la industria discográfica crea a comienzos de 1999 la SDMI (Iniciativa de Música Segura Digital), un consorcio que nace con un solo objetivo: diseñar un formato de compresión alternativo y seguro. Creyendo así que todos los cabos están bien atados, los directivos de las discográficas se frotan por las manos a la espera de disfrutar de otra década de ventas masivas y estrellas prefabricadas.

Sin embargo, gente como Michael Robertson, fundador de MP3.com -que había sido creada en marzo de 1998-, Shawn Fanning, un estudiante de 19 años con pocas ganas de dejarse sus escasos recursos en la tienda de música de la esquina, o Justin Frankel y Tom Pepper -los creadores de Gnutella-, tenían otras ideas Para ellos, Internet no sólo era una herramienta de comunicación, sino sobre todo una plataforma de distribución perfecta. En septiembre de 1999, Fanning escribe un inocente programa de intercambio de ficheros de música digital, llamado Napster. La noticia de su existencia recorre como la pólvora los foros de Internet y pronto hay cientos de miles de canciones que son intercambiadas entre particulares ante los incrédulos ojos de las discográficas. Por su parte, Robertson saca una nueva versión de su servicio MyMP3.com, que permite crear librerías de música digital.

Las discográficas ven abrirse el suelo bajo sus pies y se lanzan al cuello de los nuevos forajidos del ciberespacio. En diciembre de 1999, la Recording Industry Associatin of America (RIAA) demanda a Napster. Al mes siguiente, en enero de 2000, le llega el turno a MP3.com, a la que la industria discográfica acusa de haber creado un fondo de canciones digitales (para facilitar la labor de los usuarios) sin permiso de los poseedores de los derechos. Desde entonces hasta finales de año, los abogados de las discográficas \”duermen\” en los juzgados para por la mañana ir de una sala a otra.

Pero la caja de Pandora ya está abierta, y de ella salen nuevas aplicaciones, como Gnutella, Wrapster o Scour, todavía más peligrosas que Napster, al no necesitar de un servidor central para intercambiar las canciones.

La ley y los jueces se inclinan poco a poco del lado de las discográficas. En abril de 2000, MP3.com es condenada por violación de derechos de autor. La compañía de Robertson llega a un acuerdo extrajudicial con cuatros de las cinco principales discográficas. La broma le cuesta 20 millones de dólares por cabeza. Universal, la filial musical del grupo canadiense Seagram, le planta cara hasta el fin. Su tenacidad es recompensada con los 53,4 millones de dólares que el juez obliga a pagar a MP3.com en noviembre de 2000. No es hasta ese mes que MyMP3.com renace, aunque ya no gratis.

Napster también sufre lo suyo en los juzgados y se queda a un paso de ver como el telón cae sobre su nodo, aunque al final un tribunal de apelaciones le da un pequeño respiro, a la espera de una sentencia que todavía tardará en llegar. La publicidad, aun negativa, le da el empujón que necesitaba para alcanzar el último rincón de cada casa. Actualmente, ya son 38 millones los que utilizan el programa y se ríen de lo que ha tardado siglos en construirse: las leyes de la propiedad intelectual.

A la que no le va tan bien es a Scour. Acuciada por problemas judiciales, la compañía, cuyo programa también permite intercambiar ficheros de vídeo, carente de recursos y de usuarios -sin los cuales los P2P están condenados a la muerte-, es empujada a la quiebra, apenas unos meses después de ser creada, de donde sale a duras penas con los 9 millones de dólares en efectivo y acciones que CenterSpam, en apretada subasta con Liquid Audio y Listen.com, paga por sus despojos.

Bertelsmann rompe el hielo

Para que esas tres compañías, abanderadas la música legal, se pelearan por poner sus manos sobre un elemento judicialmente radiactivo, antes tuvo que suceder algo extraordinario: en octubre de 2000, BMG, la división musical del grupo Bertelsmann, retira su demanda contra Napster y se alía con ella con el objetivo de desarrollar un servicio conjunto de intercambio de ficheros.

El acuerdo representa un guantazo a las cuatro grandes y una muestra más de la desunión que afecta a la industria musical. Su objetivo: crear un servicio de descarga de canciones por suscripción. Con esa maniobra, BMG, cuyas únicas iniciativas en materia digital se limitaban a la copropiedad con Universal de la tienda GetMusic.com y a unos fastuosos planes para la creación de una plataforma abierta de distribución de música para toda la industria, trata de poner un pie sobre la cabeza de sus competidoras para saltar unos metros más alto. Desde entonces, aún lucha por no romperse los dientes en el intento. Aunque el plan queda bien sobre el papel, nadie parece saber cómo rentabilizarlo. Ni cómo explicar a los millones de usuarios de Napster que su servicio ya no es gratuito y que ahora es necesario pagar por la música. Ni tampoco convencer al resto de discográficas, con el trasero lógicamente escocido, para que se sumen al proyecto. Hasta la fecha, sólo una compañía de cierto relieve, Edel Music, una de las discográficas independientes más grandes del mundo, se ha subido al carro sin ruedas de Bertelsmann.

Sin embargo, su gesto representa un punto de inflexión de cara a la opinión pública en la actitud de las compañías hacia la música digital y hacia las herramientas que facilitan su distribución. Después de luchar a muerte contra ellas, al final la industria reconoce que se trata de un fenómeno imparable. Más que oponerse a él, hay que buscar la forma de sacarle beneficio. Además, el retraso en la aceptación de lo inevitable (el formato MP3 está extendido en todo el mundo, lo que no se puede decir de Liquid Audio, Windows Media Audio o el todavía en fase de desarrollo SDMI) cada vez la hace más daño: los usuarios se acostumbran por millones a la música gratuita. A medida que corra el tiempo, será más difícil convencerles de lo ilegal de sus actividades.

Pero lo cierto es que ya antes del terremoto mediático de BMG las grandes discográficas ya hacían tímidos intentos por acomodarse al nuevo medio, que por lo general incluían siempre dos componentes claros: dinero (servicios de suscripción) y formatos seguros (ni querer oír hablar de MP3).

Universal, propiedad de Vivendi una vez que ésta compra Seagram, se une a Sony en marzo para crear un servicio, que todavía no ha visto la luz, de descarga de música por suscripción. La compañía japonesa, por su parte, bastante tiene con conseguir armonizar sus facetas divergentes de discográfica y fabricante de dispositivos electrónicos, entre ellos los reproductores MP3. EMI, que se pega un batacazo con su participación en MusicMaker.com –un nodo en el que se podían hacer CDs a medida-, digitaliza sus archivos en Liquid Audio y pone a disposición del público parte de su catálogo musical en formato Windows Media. La que menos preocupada parece es Warner Music. Después de todo, cuenta con el respaldo de papá AOL, al que se le suponen ciertos conocimientos en materia de Internet. Entre otras iniciativas, llega a acuerdos con distintas tiendas para vender canciones en formato Liquid Audio.

Weblisten.com y los modelos de pago

Las iniciativas de todas ellas buscan encontrar una solución a un complejo rompecabezas: cómo hacer que la gente pague por lo que tiene al alcance de su mano por la cara. Hasta ahora, nadie parece haber dado con la solución. Las disensiones entre las grandes discográficas impiden crear una base musical que aúne las canciones de todas ellas y facilite así la labor del usuario. Porque a éste no le interesa bucear en el fondo musical de una de ellas, sino disponer de TODAS las canciones de sus cantantes y grupos preferidos.

Pero los modelos de descarga por suscripción también son explorados por otras compañías. Entre ellas destaca Weblisten.com, un nodo musical nacido en España en 1997 y participado desde julio de 1999 por la incubadora Digital Mood. Su apuesta, una tarifa plana mensual de 28 dólares que permite descargar en MP3 o Windows Media toda la música que se desee (y se considere de uso individual, concepto difícil de delimitar) de un catálogo de más de 50.000 canciones. Su servicio busca además soluciones para dos de los problemas que más quebraderos de cabeza causan a los usuarios, las canciones cortadas y la imposibilidad de escuchar unos segundos de la canción antes de descargarla.

Para llegar hasta este punto, unos cuantos kilómetros más allá de donde ahora campan el resto de las discográficas, ha habido que pedir toda una serie de permisos y trabajar codo con codo con la Sociedad de Autores y Editores (SGAE) española, como afirma Jaime Bernabé, responsable máximo de Weblisten.com. Sin embargo, el entramado de contratos del que dispone Weblisten.com le permite estar al día con todas las discográficas y sociedades de gestión de derechos de los autores.

Además de a la propia SGAE, Weblisten.com paga un canon a la Asociación de Artistas Intérpretes o Ejecutantes de España (AIE) y, a través de esta última, también a la Asociación de Gestión de Derechos Intelectuales (AGEDI), asociación que representa a decenas de discográficas. Con ello se asegura el cumplimiento de lo establecido en la Ley de Propiedad Intelectual española. Lo que no se consiguen las discográficas, lo consiguen las asociaciones en las que ellas participan.

Pero Weblisten.com no las tiene todas consigo. Una vez convencidos los artistas y discográficas –que habrá que ver si se contentan con las tarifas establecidas- queda lo más importante, el usuario. Para ellos, 50.000 canciones, ampliables a 100.000 durante el primer semestre del año (Weblisten.com actúa en ese sentido como MP3.com: compra los CDs y luego los digitaliza), pueden no pueden ser suficientes. Después de todo, Napster cuenta con 98 millones de ficheros MP3 disponibles, según la revista Wired. Además, está por ver que Weblisten.com pueda garantizar una utilización individual del servicio, eso suponiendo que haya usuarios dispuestos a pagar el precio establecido. Para garantizar su uso legítimo, Weblisten.com trabaja en el desarrollo de un sistema propio de marcas de agua (modificación invisible de la información que contiene el archivo de sonido, con el fin de que el propietario de los derechos pueda identificarlo como suyo) y establece otros controles alternativos (las canciones sólo se podrán descargar una vez por mes y se trabaja en mecanismos que impidan que las canciones residan en el disco duro durante más allá de un periodo de tiempo determinado).

¿Qué pasa con los autores?

En todo este embrollo, la voz menos audible es la de los autores. Si Metallica y Dr. Dre fueron vilipendiados por su abierta oposición al fenómeno Napster y sus exabruptos poco fundamentados, también hay entusiastas del programa de marras como The Offspring o Smashing Pumpkins. A los pseudopunks de The Offspring les dio por hacer publicidad de Napster y por repartir merchandising. Sin embargo, a los pocos meses se echaron atrás en su idea de publicar por entero y por la cara su último álbum en la Red. Su discográfica, Sony, les puso el pie en el cuello y tuvieron que ceder

Como explicó extensa y claramente la cantante y líder del grupo Hole, Courtney Love, en un célebre artículo en Salon, las cuentas no les salen a los artistas, pero sí a las discográficas. Vender un millón de copias no es, aunque el público piense lo contrario, sinónimo de riqueza. Para Love, que está siendo actualmente demanda por su antigua discográfica (Geffen Records), Internet se convierte en la herramienta de distribución y marketing perfecta para \”puentear\” a la discográfica. Una vez eliminados los intermediarios, los discos se podrán vender más baratos, y entonces se venderán más. Y es que a pesar de su odio hacia su ex empleador, la actriz y cantante cree que los artistas han de ser retribuidos por su trabajo.

Algo más radicales son los ruidosos Smashing Pumpkins. Perdida ya la paciencia con su discográfica, el grupo estadounidense publicó su último disco íntegramente en la Red, con la exclusiva finalidad de \”joder al sello que no les dio (a Smashing Pumpkins) el apoyo que necesitaban\”. Para mayor sorna, lanzaron 25 copias en vinilo.

La posición de Love es la compartida por el cantante español Manolo Tena. Tena, también consejero de la SGAE, distribuyó su último álbum en la Red a través de la difunta tienda Diversia. Para él, Internet ofrece una flexibilidad mucho mayor que la de cualquier compañía discográfica tradicional. Pero eso no quiere decir que no haya que cerrar Napster si sigue vulnerando los derechos de los grupos y cantantes. Sus teorías son las que parecen compartir la mayoría de los autores consagrados proclives a utilizar los nuevos medios: hay que llegar a un reparto que favorezca a ambos, autores y seguidores. De las discográficas, por lo menos en su formato actual, nadie se acuerda.

Por eso, las discográficas, más que gastar su tiempo y dinero en fastuosos proyectos, deberían volver la cabeza hacia quienes les dan de comer, los músicos y los que compran sus obras. Pagar por la música puede funcionar, pero difícilmente lo hará con estructuras de precios que recuerdan a las tradicionales y producen repartos poco equitativos de los beneficios. Mientras eso suceda, músicos frustrados publicarán sus obras en Napster, y los 38 millones de usuarios del programa de Fanning seguirán intercambiando ficheros. A porrazo limpio se podrá cerrar Napster –para que los navegantes salten de una herramienta a la de enfrente-, pero sólo con una actitud más abierta podrán devolver al cercado a unas ovejas que hoy vagan libres y jubilosas por el prado.


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