Las editoriales quieren que Francia persiga la descarga de ebooks

El Sindicato Nacional de Edición, que agrupa a las editoriales francesas, quiere sumar sus contenidos a la lista de archivos protegidos por la Ley Hadopi, una polémica legislación que contempla el corte de la conexión a Internet a los internautas que reincidan en las descarga de archivos protegidos, después de tres advertencias.

Los planes del SNE podrían parecer más lógicos si se hubieran unido antes, mientras se preparaba la Ley, o a medio camino, nada más aprobarse. Pero resultan algo sorprendentes ahora, cuando ha quedado una cosa clara: la Ley Hadopi no funciona.

Al fin y al cabo, la primera consecuencia del texto ha sido disparar el consumo de vídeos en streaming, algo que no está prohibido por la ley como ocurre con el intercambio de archivos entre particulares en redes P2P. Y aunque ya se ha enviado la primera ronda de advertencias, hay pocas expectativas de que sirvan realmente de algo. Servicios como Megaupload denucian que las operadoras están bloqueando su tráfico, pero oficialmente su funcionamiento sigue sin estar cubierto por la Ley Hadopi.

Cuando la música empezó a llegar a Internet, las grandes discográficas demostraron una ceguera monumental al negarse a explorar sus nuevas posibilidades, optando en su lugar por el miedo y la falta de innovación. Los estudios de cine y televisión siguieron su ejemplo, y han tenido que ser otros quienes desarrollen los nuevos modelos de negocio, como Spotify, Netflix o YouTube, mientras los usuarios se las arreglan para conseguir el contenido que quieren, por las buenas o por las malas.

Cuando los lectores electrónicos primero, y ahora las tablets, comenzaron a popularizarse, tanto medios de comunicación como analistas o internautas repetían que al menos, las editoriales no repetirían los errores de las discográficas en su estrategia para llevar su contenido a la Red. Empresas nacidas en Internet, como Amazon y Google, han intentado forzarlas a digitalizar contenidos y a aceptar unas reglas de juego que aunque no sean de su gusto, funcionan de cara a los consumidores.

Pero últimamente, quizá espoleados por el éxito de las tablets, las editoriales se están posicionando del mismo lado que sus homólogos del cine y la música. Esta estrategia no ayudará a las editoriales, que tienen que luchar tanto por vender sus libros como por conservar el afecto de los usuarios, y que por el momento están lo bastante comprometidos con la difusión de su contenido como para traducir y distribuir libros en lenguas extranjeras antes que las propias editoriales.

Si persisten en este camino, es probable que las grandes editoriales vivan el mismo destino que otras industrias, que van perdiendo terreno ante nuevos modelos de negocio.


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