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Las patentes pierden el norte

Encontramos en The Economist un artículo magistral sobre el estado actual del sistema de patentes mundial. La conclusión: funciona mal. La razón principal es que durante los últimos años se han solicitado y concedido alegremente multitud de patentes, muchas a ideas o productos completamente descabellados, sólo con el objetivo de entorpecer legalmente a la competencia, lo que ha llevado al crecimiento de los procesos judiciales y al cuestionamiento de los sistemas de patentes como un método efectivo de estimular la innovación.

Generalmente, una patente es concedida por un gobierno, en muchos casos durante 20 años, para que muchos puedan aprovechar el conocimiento que encierran y desarrollar nuevos productos y servicios. The Economist nos recuerda la frase del presidente norteamericano Thomas Jefferson, que afirmaba que “hay que trazar una línea entre las cosas que tienen el suficiente valor para el público como para justificar la vergüenza de una patente y las que no”. Sólo una idea novedosa y útil, y que aliente a otros a seguir el ejemplo, se merece el privilegio del disfrute exclusivo de su creador.

La oficina de patentes norteamericana, la más importante por el volumen que maneja (170.000 concesiones al año), decidió en 1998 conceder patentes a modelos de negocio. El resultado ha sido una gran avalancha de modelos de negocio que, una vez analizados, no son más que métodos existentes reforzados con tecnología y trasladados a nuevos campos como la nanotecnología, la genética o el e-business.

The Economist explica que es necesario volver a un sistema de patentes que sea fiable, y sugiere varios métodos para ello. Tal vez el más sensato sea el de hacer transparentes los procesos de concesión, de forma que cualquiera pueda saber qué patentes están en trámite y, sin esperar a que se concedan o no, pueda argumentar los motivos por los que considera que no debe otorgarse. Algo que hubiera ayudado a las oficinas de patentes a evitar alguno de los fiascos de los últimos tiempos.

Europa ha sido siemre más lenta que EEUU en este campo (o cabría decir más cuidadosa), y no han aceptado, por ejemplo, la concesión de patentes para modelos de negocio, considerando que éstos han evolucionado durante siglos sin la necesidad de este tipo de protección. Ademas, los diferentes idiomas y la aplicación de las diferentes normativas nacionales hace que registrar una patente en la Unión Europea sea, además de caro, caótico.

Volviendo a la frase del gran estadista norteamericano, si se concede un monopolio de facto, que sea por una muy buena razón.

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