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Las tecnologías de la memoria

Una casual incursión en el aparentemente hermético mundo de la sociología académica puede ser más fructífero de lo que se piensa, especialmente para el interesado en el mundo de las nuevas tecnologías. En el reciente VII Congreso Español de Sociología este tema tuvo un protagonismo especial. Por ello creo relevante reseñar el interesante trabajo, de próxima publicación, presentado por los sociólogos Igor Sádaba y Alejandro Baer en dicho evento, que discurre en torno a la relación entre memoria y nuevas tecnologías en las sociedades contemporáneas.

En el mundo de las nuevas tecnologías la palabra memoria ha estado asociada siempre a la capacidad técnica de almacenaje de información. Estos autores establecen un sugerente vínculo entre la noción tecnológica de memoria y su acepción social o cultural. La segunda sería la denominada \”memoria colectiva\”, es decir aquellos recuerdos que comparte un grupo, que circulan en su seno y que conforman su identidad.

Frente a las visiones apocalípticas sobre los efectos de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación sobre la sociedad y su memoria colectiva (desaparición de conciencia histórica, de identidad grupal, de referencias espacio-temporales) Sádaba y Baer ofrecen una perspectiva bastante más optimista: nada de esto desaparece, solamente se transforma en función de las tecnologías que son soporte y vehículo de comunicación de la memoria. Para ello realizan un amplio recorrido histórico y analizan la evolución de las formas de memoria social o colectiva en relación con las transformaciones tecnológicas. Entendiendo que el qué y el cómo del recuerdo ha estado estrechamente vinculado a las posibilidades técnicas de registro y representación. Los autores parten de las sociedades sin escritura, pasando por los diversos desarrollos tecnológicos (la imprenta, la fotografía, la TV), para desarrollar luego minuciosamente el problema de la memoria —tecnológica y social— de las sociedades de la información.

El archivo digital

Según estos sociólogos estamos asistiendo en las sociedades contemporáneas a la consolidación de una nueva tecnología de la memoria: el archivo digital. La computación electrónica moderna abre un nuevo abanico de posibilidades al comprimir al máximo el soporte de la información, al reducir a la mínima expresión el volumen de almacenamiento y al facilitar al máximo la gestión digital (grabado, difusión y circulación, volcado, modificación, etc.) de la información, gracias a técnicas magnéticas sobre materiales nuevos. Los bits ya no pesan, son mera información volátil que puede acumularse y transformarse mediante estándares, protocolos y modelos tecnológicos extendidos y universales.

La cantidad total de memoria que puede ser almacenada mediante ordenadores supera ya con creces la cantidad total de información que hay en el mundo. Las nuevas tecnologías de la representación (y por tanto de la memoria) permiten documentar y archivar sin excesivas limitaciones de renta (cada vez son más accesibles a todos los estratos poblacionales en el primer mundo) casi todo objeto imaginable en diversos formatos (texto, imagen, audio o vídeo). Bibliotecas enteras caben en soportes del tamaño de un disco compacto, equipos informáticos caseros contienen miríadas de imágenes y enciclopedias; colecciones enteras se pueden transmitir en tiempos relativamente cortos a través de redes informáticas. Precisamente eso que ha venido a llamarse \”sociedad del conocimiento\” se ve reforzado por esta nueva forma de socializar y colectivizar el saber, donde la información se convierte en el elemento clave de ciertas dinámicas sociales y culturales.

Las bases de datos serían las \”formas simbólicas o culturales contemporáneas\”

El final de la narrativa textual lineal

Las bases de datos, entendidas como colecciones de información digitalizada y ordenada, son los paradigmas fundamentales de la cultura del coleccionismo y el almacenaje. Conjuntos de objetos, aparentemente caóticos pero estructurados, sobre los que se pueden realizar una serie de operaciones básicas (navegar, buscar, ver, organizar, enviar, imprimir, etc.). En este punto los autores proponen una provocativa hipótesis: las bases de datos serían las \”formas simbólicas o culturales contemporáneas\”, que decretan el final de la narrativa textual lineal como esquemas o patrones de estructuración de nuestra experiencia y del mundo que nos rodea. Toda la realidad que nos circunda podría quedar encapsulada en una determinada base de datos.

Filtrar y seleccionar el pasado

Pero mientras que muchos valoran negativamente las consecuencias de esta evolución tecnológica —entre ellos el célebre Manuel Castells, quien considera las sociedades contemporáneas carentes de temporalidad, es decir sin pasado ni futuro y por tanto sin memoria—, este trabajo resalta los aspectos positivos y novedosos para la conformación de memorias e identidades colectivas. Y lo hace enlazando de forma sugerente las características tecnológicas de nuestra era (esta inédita capacidad de registro, almacenaje y difusión de la información) con el contexto político y cultural del momento, que es calificado con el término \”cultura de la memoria\”.

A diferencia de las utopías y proyectos de liberación ilustrados, que pivotaban sobre un porvenir esperanzador, numerosas organizaciones y movimientos sociales han mutado de marco de referencia temporal y ahora tejen sus prácticas políticas a partir del recuerdo, del pasado. Filtran y seleccionan el pasado en busca de identidades olvidadas y borradas, de legitimaciones para sus propuestas o como mera actividad de recuerdo. Para apoyar sus argumentos, los autores aportan una serie de ejemplos representativos de como esta nueva \”cultura de la memoria\” se sirve de los desarrollos tecnológicos: el trabajo de Survivors of the Shoah Visual History, que ha videograbado 51.000 testimonios de supervivientes del Holocausto, el proyecto Desaparecidos sobre el terrorismo de Estado en Argentina, el Archivo Guerra y Exilio (AGE), que conserva en Internet documentos escritos y gráficos de la guerra civil española, o el caso de los mormones, quienes en su búsqueda y archivo genealógico han elevado la recolección de datos a la categoría de fenómeno religioso y poseen el mayor banco de datos genealógico del mundo: 2 billones de fichas y 150 equipos informáticos trabajando en él.

Conservar la memoria como estrategia política

Muchas entidades, organismos y movimientos se embarcan en ambiciosos proyectos de recolectar todo lo imaginable (genes, historias, biografías, fotos, textos, utensilios, aparatos…). La conservación de la memoria puede ser vista como una estrategia política en la que se ha pasado de \”hacer el futuro\” a \”hacer el pasado\”. Las nuevas tecnologías, concluyen los autores, han reactivado este fenómeno y lo han reconfigurado en función de sus características. Frente al riesgo de que se pierdan memorias populares, se reactivan procesos de reconstrucción de identidades grupales basados en su recuperación.

Aun así, algunas preguntas cruciales quedan sin respuesta satisfactoria ¿Puede la recolección de datos e información ser un mecanismo real de inspiración, movilización y motivación colectiva? ¿No están estas memorias tecnológicas demasiado fragmentadas y dispersas como para seguir considerándolas \”memoria colectiva\”?

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