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Mas allá del descubrimiento del conocimiento: ciberbasura (I)

Spam: “Mensajes no solicitados, habitualmente de tipo publicitario, enviados en cantidades masivas”, según la definición de la Wikipedia. “La mayor parte de los mensajes (más del 40%) proceden de Estados Unidos (a pesar de que allí está prohibido), seguido por Corea del Sur (15%) y China (12%)”, sigue comentando la enciclopedia libre. Mi software antispam detecta y almacena diariamente más de 250 mensajes en mis diferentes direcciones de email. ¿Cuánto dinero cuesta el envío (ancho de banda) y almacenamiento de dichos mensajes en la red? Personalmente estimo que unos cuantos millones de dólares mensuales, sin contar el precio/hora de nuestro valioso tiempo.

Si, parece inevitable que cada civilización genere detritus, y el ciberespacio y los cibernautas no podían ser una excepción. El spam es un primer ejemplo, pero hay muchos más. Últimamente me he parado a pensar en cuantos discos llenos de información tengo. CDs, DVDs y discos magnéticos de todo tipo que no he generado y que en algún momento copié de algún servidor: documentos, ponencias, presentaciones, anuncios, folletos electrónicos, etc, que una vez leídos, usados y debidamente almacenados no he vuelto a utilizar.

De mi actual sistema personal, tan sólo el 20% de la información en él almacenada es generada por mí, es decir, originada o adaptada, como “conocimiento” propio, personal, único. Y creo que el porcentaje es elevado pues soy un inquieto generador de proyectos, metodologías e ideas.

Gerry McGovern, en su columna habitual New Thinking, se preguntaba: ¿De verdad necesita un buscador en su página web? Gerry esta obsesionado con el coste de las cosas inútiles, obsesión que comparto al cien por cien. Escribe en dicho articulo: “Buscar es un proceso, no un proyecto”. Y más adelante cita un estudio de Jupiter Research de abril de 2006, en el que se señala que el 62% de las personas pincha en un resultado de la primera página que arroja la búsqueda, y un 90% en un resultado de las tres primeras páginas. Esa pregunta lleva obsesionándome más de un año antes de verla escrita en palabras de Gerry.

Mi conclusión es más drástica: buscar es la esencia del ser humano, es el motor de la vida, desde el primer acto de conciencia. Buscar el calor materno, el pecho que nos da el primer alimento. El resto de nuestra vida nos la pasamos buscando el amor, el trabajo, el alimento, el refugio, y si seguimos filosofando, buscándonos a nosotros mismos.

¿Pero qué pasa si la información que buscamos y que aparece en ese 90% que los buscadores como Google o Yahoo referencian no es correcta o no es la deseada? O peor aún, si nos conduce a documentos que debemos revisar, uno a uno, antes de descartar, también uno a uno.

Llevo más de un año trabajando en esa idea, pero el otro día Tomeu Serra, mi director de tesis de la Universidad de les Illes Balears, me dio un ejemplo clarísimo. Buscamos en Google “ladrones”. El primer resultado de la búsqueda era “Sociedad General de Autores”. El tercero “SGAE = ladrones”. No esta mal, dos de tres. ¿Significa eso que Google afirma en su búsqueda de la verdad absoluta que la SGAE es un ladrón? En absoluto. El algoritmo de búsqueda de Google es muy democrático, si se me permite la expresión: nos encuentra la información textual que mayormente aparece solicitada o recibida, mayoritariamente anónima, es decir, sin autenticar, en el ciberspacio. Y cómo no, si en el ciberespacio democráticamente predomina la basura sin identificar, la probabilidad de que la información encontrada en los buscadores sea basura es muy elevada.

Pero volvamos por un momento al coste de la basura en la red. Otra pregunta que me obsesiona desde hace algunos años es el volumen de información en formato aplicaciones que ocupa mi disco duro, y que no utilizo para nada. ¿Qué porcentaje de las funciones de Windows utilizamos conscientemente? ¿Y de Excel? ¿Y de PowerPoint? Pues yo, como usuario avanzado, diría que no más de un 12%. Y entonces me pregunto: ¿qué hacen en mi disco? ¿Qué coste del paquete completo significa? ¿Cuánto me costaría si pagase como en la tele por PPV (pay per view), o mejor dicho, por PPU (pay per use)?

Al final, en lugar de sistemas personales, de ordenadores personales, tenemos recolectores de basura personales. Y eso tiene un coste, en recursos, humanos y materiales. En información duplicada e inconsistente. Un ejemplo: la agenda personal. Veamos cuantas tengo: la de Outlook, la de la Palm (afortunadamente tengo un Treo y móvil y Palm comparten una única agenda), la de Linkedin… Un sinfín de aplicaciones para tratar de unificarlas y homogeneizarlas en un esfuerzo ímprobo e inútil, puesto que la agenda siempre tiende a desorganizarse. En fin una muestra más de la entropía que se adueña de la información per se.

Lo cierto es que los ordenadores que hoy conocemos son auténticos engendros que han ido incorporando aplicaciones, interfaces, dispositivos y nuevas características a golpe de revolución y tratando de ser compatibles hacia atrás para minimizar los costes del cambio o actualización. Ha sido un proceso evolutivo, digamos, accidentado. Pero con lo que sabemos hoy en día, con toda la tecnología que disfrutamos, con toda una red, y todo nuestro conocimiento: ¿cómo diseñaríamos un nuevo ordenador desde cero? Sin restricciones, sin necesidad de compatibilidades. Pues yo creo que si lo pensamos sería muy diferente, ¿no?


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