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Más leyes para la música online, o atar perros con longanizas

Erase una vez la industria de las discográficas, que estaba cambiando debido a un fenómeno llamado MP3 y a un sitio llamado Napster. Este último agrupaba a cantidades ingentes de usuarios, que llegaban a parar allí atraídos por el olor de la música gratuita. Pero a medida que el sitio crecía y crecía, y que más música se intercambiaba sin pasar por caja, los impasibles ojos de las discográficas se hinchaban de rabia, ajenos a un fenómeno que se les escurría entre los dedos y que escapaba a su control.

A base de tribunales consiguieron cerrarlo. Pero cuál fue su sorpresa al comprobar que nadie iba ya allí, mientras que, a la vez, nuevos sitios alternativos, espejos de Napster, aparecían en cualquier punto del planeta. Entonces alguien pensó: si no podemos cerrarlos, habrá que regularlos todos para promover la competencia.

Sin palabras.

Del mismo modo que cuando se inventaron las neveras en Estados Unidos, las compañías de hielo que intentaron dar un servicio más rápido o llegar más lejos quebraron, y sólo subsistió aquella que entendió que el negocio había experimentado un cambio muy grande y que el beneficio ya no lo obtendría de vender hielo, porque cualquiera con una nevera podía fabricarlo, la industria de la música está experimentando un cambio similar.

Según The Standard, la nueva generación de usuarios de música gratuita se espera que tenga cerca de un millón de usuarios simultáneos en septiembre, según las investigaciones de la firma especializada en música digital Webnoize, llegando a la conclusión de que los consumidores de música online, antes de suscribirse a algún sitio de pago, los comparan con la música gratis y, claro está, encuentran mucho más contenido, por supuesto no pagar tarifas, y todas las ventajas que puede ofrecerle cualquier sitio de pago, e incluso ofrecen más rapidez y nuevos recursos tecnológicos que facilitan las descargas, lo que confirma la avalancha de visitas y el alto índice de usuarios de sitios como Fasttrack, Gnutella, Audio Galaxy, etc., desde que los tribunales primero, y las compañías después, cerraron Napster.

Pero parece ser que las discográficas, sordas como tapias , siguen a lo suyo. Y en un nuevo intento por reescribir la historia del copyright y zurcir el agujero de sus bolsillos antes de que los beneficios se les cuelen por él, parece que siguen sin enterarse de por donde van los tiros. Ahora piensan que con una nueva ley que haga más sencillo comprar y vender música digital, promoverán la competencia y atraerán a los usuarios hacia los sitios de pago. Pero, parece que no han aprendido nada del caso Napster, que se resume en una sencilla lección de economía: ¿por qué pagar por lo que se puede obtener gratis? Pues nada, cada uno a lo suyo. Las discográficas, a inventar sesudas leyes para proteger su negocio, mientras que atan perros con longanizas. ¿Y los internautas? Pues entretenidos en comerse las longanizas con las que atan a los perros. Y aquí paz, y después… MP3. Eso sí, gratis.

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