BAQUIA

Mirando hacia atrás sin demasiada ira, y hacia adelante con cierta esperanza

\”La mañana se presenta calentita\”. Tal es la frase que me espetó, nada más llegar al flamante Palau de Congressos de Catalunya donde se celebró la junta anual de accionistas de TerraLycos, una persona vinculada al desarrollo del evento. Y no se refería precisamente a la temperatura exterior habitual en un mediodía del mes de junio en Barcelona. \”Y además, el muro…\”, añadió en intrigante elipsis.

El ambiente era palpablemente denso, no sólo por el elevado número de asistentes, sino por la sensación de que más de uno venía a pedir guerra. Una sensación que, más que confirmada, era provocada en parte por las estrictas medidas de seguridad, que incluían la obligatoriedad de discurrir bajo un arco detector de metales y de pasar los maletines por rayos X, así como por la importante presencia policial en el exterior y de un buen número de agentes privados de seguridad en el interior, tanto de uniforme como de paisano.

Una vez dentro de la gran sala donde efectivamente iba a tener lugar la junta, entendí lo del muro y por qué le preocupaba a quien me había recibido, que sin duda sospechaba que no le iba a hacer demasiada gracia a más de un accionista.

El recinto estaba dividido en dos, para que nos entendamos, entre la clase business para invitados, directivos, grandes accionistas, analistas, prensa y análogos; y la clase turista, para los accionistas de a pie (que, a pesar del calificativo, sí tenían donde sentarse, no se preocupen). Sólo que en lugar de una cortinilla de separación, como en los aviones, se trataba de una pared de casi un metro y medio de altura. Más ilustrativo es el hecho de que la última fila de business, la de atrás, estaba ocupada íntegramente por unos señores particularmente robustos, dotados de diminutos auriculares que desde luego no iban a usar para la traducción simultánea. Ya me entienden.

Igual temían que los accionistas se dedicaran a bombardearnos con pelotillas hechas con el papel de sus acciones, que aquellos se dedicarían sin duda a parar con su fornida anatomía a modo de pantalla protectora.

En cualquier caso, a las doce y media –y con puntualidad británica– ante nosotros se hicieron carne los pesos pesados de la empresa, con su presidente Joaquim Agut al frente. ¿Todos? Pues resulta que no, ya que lo que inmediatamente llamó la atención era la ausencia, previsible pero clamorosa, de Bob Davis y de Ted Phillip, los dos máximos responsables de Lycos que solamente hacía unos meses había sido adquirida por la filial de Telefónica.

Ambos todavía retienen una parte significativa del capital de la empresa resultante, y además, Davis mantiene el cargo nada menos que de vicepresidente (no ejecutivo, pero vicepresidente al fin y al cabo), por lo que parece lógico que hubiera querido estar presente en la primera junta tras la fusión. En cualquier caso, resultaba meridianamente claro cómo ha quedado la balanza de poder en el seno de la empresa tras la fusión.

Tras los formalismos de rigor, Agut ocupó una tribuna de oradores dotada de esos monitores que parecen meros cristales transparentes en los que no pasa nada, pero que proyectan el texto del discurso por refracción. Al ser visible sólo para el orador, permite ir leyendo el discurso sin que se note –por lo menos demasiado– e incluso con una cierta naturalidad y dando la impresión de que se está mirando a la audiencia.

Disculpen la digresión, pero seguro que ahora más de uno de ustedes podrá dormir más tranquilo ahora que sabe qué demonios eran esos paneles que tenía a cada lado de la cabeza Ronald Reagan (que fue el primer personaje que hizo uso de ellos, creo) cuando pronunciaba sus discursos en la Casa Blanca.

De nada.

En su discurso, y más tarde en las respuestas a las intervenciones de los accionistas, Agut insistió en todo aquello que ha venido reiterando públicamente en los últimos tiempos: expansión geográfica, alianzas con empresas de primera fila como Bertelsmann y, por supuesto, Telefónica, así como aprovechar las sinergias entre la multitud de empresas del grupo; aumento de ingresos por la introducción progresiva de servicios de cobro; apuesta por el comercio electrónico e incluso por la publicidad, de la que afirmó que un 76% proviene de empresas tradicionales; y reducción del gasto en la medida de lo razonable: \”queremos gastar poco pero tampoco queremos dejar de gastar; lo que queremos es gastar bien y analizar en qué lo hacemos, que en definitiva es lo que han hecho las empresas toda la vida\”.

También insistió en la progresiva mejora del EBITDA (resultados antes de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones), y en que los resultados netos –una vez incorporados estos cuatro conceptos– se veían lastrados por la amortización del fondo de comercio de las empresas que se han ido adquiriendo. Avanzó que esta situación, habitual en el sector, seguiría siendo así durante unos años, pero que ello era meramente un movimiento contable, que no afectaba a los recursos de la empresa ni a su caja (\”que está bien guardada\”, aseguró con cierto aire viejoeconómico).

Mientras anticipaba la primicia de los resultados a fin de abril de este año (que bajaban al -38% desde un -43% a finales del primer trimestre), oportunamente se proyectaba sobre su cabeza un gráfico que trazaba una línea ascendente desde un EBITDA de -71% en el tercer trimestre de 2000, hasta el citado -38%. \”Una mejora de 33 puntos en tan sólo siete meses\”, destacó.

Tras decirles a los accionistas poco más o menos que \”we feel your pain\”, es decir, que la empresa es consciente del sufrimiento que supone ver como las acciones se han desplomado en los últimos meses, Agut manifestó su compromiso personal con la empresa, zanjando los rumores de una posible dimisión que se habían producido hace semanas.

Su intervención dio paso al turno de intervenciones de los accionistas, que demostraron que en el discurso de Agut había calado; había sabido accionar los resortes adecuados y decir lo que tenía que decir (la empresa \”está con los pies en la tierra y vigilando los números\”, insitió en un par de ocasiones).

Más de uno dijo abiertamente que había venido a criticar, pero que por el contrario \”se iba convencido de que por lo menos se estaba intentando hacer cosas\” y además, \”es muy bueno que por primera vez nos traten como a verdaderos co-propietarios de la empresa\”, comentó otro. Muy ilustrativo fue el que varios resaltaran el cambio respecto a la \”dirección anterior\”, eufemismo que requiere poca aclaración.

También preguntaron sobre la rumoreada fusión entre TerraLycos y TPI y cómo afectaría a los minoritarios. Agut insistió en que, a pesar de que tenga sentido como tal, es una decisión queda en gran medida en manos del accionista mayoritario de ambas, Telefónica.

Y las voces críticas, que las hubo y fueron bastante aplaudidas, todo hay que decirlo, se centraron en la falta de concreción de las estrategias a seguir, en la falta de conexión con los mercados e incluso la falta de credibilidad de Agut ante la opinión pública y, cómo no, en Bob Davis. Un accionista se maravilló de que éste, siendo aún vicepresidente de la empresa, no sólo no se hubiera dignado a venir sino que fuera diciendo en entrevistas que \”no cree en la nueva economía\” (ah, ¿pero queda alguien que sí crea, a estas alturas?) y que se hubiera quedado en EEUU promoviendo su libro de memorias, \”Speed is Life\”.

Por cierto, no está claro si el título hace referencia a la velocidad con la que éste vendió 3,4 millones de acciones de la empresa tan sólo a los cuatro días de completarse la fusión, reportándole la bonita suma de 71,4 millones de dólares (casi 14.000 millones de pesetas al cambio actual), venta que alguien señaló como el principio de los problemas para la cotización del valor de la compañía.

En este punto, Agut defendió de forma bastante blanda a Davis, porque ciertamente no podía haber hecho otra cosa sin quizás provocar una respuesta negativa en los mercados por parte de los accionistas norteamericanos; y es que dirigir una empresa cotizada en Bolsa no es como dirigir una tienda de ultramarinos, y muchas veces hay que decir no lo que realmente se quiere decir, sino lo que se puede y debe decir, teniendo en cuenta el eco de este tipo de declaraciones. En este sentido, Agut mostró un tacto que incluso los accionistas que \”pedían sangre\” seguramente acabarán agradeciendo.

La tarea que tiene ante sí Joaquim Agut no es, desde luego nada fácil, y aun debe probar que será capaz de llevarla a cabo. Al fin y al cabo, aterrizó en una empresa que se había estado comportando como un potrillo salvaje en unos de esos episodios de dibujos animados que, al rato de ir saltando y piafando por aquí y por allá, se da cuenta que el suelo que estaba pisando –el sector tecnológico– ha desaparecido y se precipita al vacío. La empresa, desde máximos de casi el 1.000% desde su salida a Bolsa, está actualmente más de un 20% por debajo del precio de la OPV. Ciertamente, poco consuelo es que otras empresas análogas estén en una situación aún peor; pero claramente ante esto sólo hay dos alternativas, la de \”apaga y vámonos porque no hay nada que hacer\”, o la de remangarse y ponerse a trabajar para intentar reconducir la situación. Habrá que ver qué ocurre desde ahora hasta la junta de año que viene.

Es un reto ya no sólo empresarial, sino también desde el punto de vista de las relaciones públicas, porque ya se sabe que hay quien tiene la costumbre de culpar de todos los males del universo a cualquier cosa que tenga que ver con Telefónica. Pero está claro que el pinchazo de la burbuja bursátil ha afectado a absolutamente todo el sector, y TerraLycos no es una excepción. Lo importante es lo que se haga ahora y, de momento, los accionistas parece que han concedido a Agut un período de gracia.

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  • The old Lycotian por Chris Nolan en Wired

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