BAQUIA

Noé y la innovación en equipo (y II)

Viene de la primera parte.

Pensando como animales

El primer grupo (el de los radicales) causó problemas. Este equipo de galácticos al principio no se entendía internamente; después acabaron despreciando al resto y compitiendo entre sí. No aceptaban las indicaciones del entrenador. Generaron algunas ideas muy arriesgadas a base de mucho rayo, fuego, magia, metamorfosis y cruces mutuos. Lo cierto es que no supieron aceptar ni críticas ni disciplina, y al final dragones, sirenas, unicornios y otros seres míticos decidieron salvarse por su cuenta, con los resultados que ya conocemos.

La decepción volvió a caer sobre Noé cuando vio los resultados del segundo grupo (los \”interdisciplinares\”). El compartir disciplinas les facilitaba entenderse entre ellos, así que generaron muchísimas ideas, pero en cuanto se llamaba a algún animal especialista del tercer grupo a examinarlas (gracias a que había colaboración entre grupos), las mandaban a paseo por inconsistentes. Así, construir nidos flotantes a base de nenúfares, o plantar unos árboles encima de otros para alcanzar gran altura y vivir en ellos fueron rápidamente consideradas ideas impracticables por los animales que conocían bien el mar y los árboles. La probabilidad de conseguir sinergias prácticas entre estos generalistas de conocimientos superficiales parecía remota, porque al no conocer bien sus disciplinas caían en errores de bulto. La ignorancia es atrevida, pero saber sólo un poquito lo es todavía más. Sin embargo fue un grupo muy animado y con muy buen ambiente, y sabía vender muy bien sus ideas.

Al tercer grupo (el de los especialistas) le costó mucho arrancar. Fue menos pródigo en ideas, y las que surgieron eran arriesgadas, al límite de lo que se conocía de la naturaleza. Hubieran sido necesarios prototipos para garantizar su validez. Noé estaba seguro de que con el tiempo podrían diseñar algo formidable, quizá ya lo habían hecho, pero eran propuestas costosas y difíciles de llevar a la práctica. Había poco tiempo y demasiado en juego para ponerlas en práctica. Por ejemplo, la idea de “la topera-presa gigante estanca iluminada con luciérnagas” no parecía imposible, pero tenía graves problemas de plazos, pruebas y operaciones.

Noé pensó que si volvía a verse en otra de éstas, y tenía tiempo, juntaría sólo animales especialistas en materias distintas, priorizando las que se conocieran mejor. Pero ahora estaba desesperado. ¿A quién podría recurrir? ¿Qué podrían hacer? Sin darse cuenta, había formulado esas preguntas en voz alta, por eso se atrevió a hablar uno de los burros. “Aquí los compañeros habíamos pensado en hacer una cuadra como en la que estamos pero en la que quepamos todos, y taparla bien para que no entre el agua”, dijo el asno.

Sin que Noé lo supiera, los animales mansos habían estado reflexionando, porque habían interpretado que quedar a su cargo directo era una muestra de reconocimiento, y no de que se les hubiera descartado. Y aunque la idea era sosa, también era pragmática y viable con seguridad. Implicaba trabajo duro, pero riesgo moderado, porque se sustentaba en ideas y artefactos que funcionaban y eran conocidos. No se lo iban a pasar tan bien como en la discoteca que idearon topos y castores, pero saldrían a flote. Además, si el agua al final no caía, haría menos el ridículo con los vecinos que intentando las otras soluciones, que ya bastante juerga había en el barrio con el zoo.

Noé se percató de que en el proceso de generar innovación mediante equipos había varios equilibrios: entre riesgo y recompensa, entre número de ideas y calidad, entre originalidad y aplicabilidad. Y que era posible modular ese equilibrio en función de los perfiles de los participantes en los grupos de trabajo. Y que era mejor que existiera un grado de colaboración entre los equipos más que pura competencia. Y también de que el ambiente adecuado puede hacer que surjan buenas ideas de quien parecía incapaz de tenerlas.

A continuación Noé hizo dos cosas: la primera atribuir a Dios la idea, para que no hubiera problemas de consenso. Esta falta de reconocimiento es la razón de que los burros hasta hoy hayan persistido en renunciar a mostrarnos su inteligencia.

Y la segunda, aplicar un poco de marketing, porque no quería pasar a la historia como Noé, el de la cuadra.

Blog: Estratega.com


Compartir en :


Noticias relacionadas

Recomendamos




Comentarios