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P2P: ¿Ángel o demonio?

En los últimos meses, y mientras otras tríadas de siglas (B2B o B2C) se tambalean, las redes P2P (peer to peer) han ido ganando protagonismo en las bocas de los navegantes, en los medios de comunicación y en los despachos corporativos.

A este respecto, Napster, aun no siendo estrictamente un programa P2P (los usuarios han de circular por un servidor central para llegar a los PCs de otros particulares), es la bandera a la que todos persiguen. Unos para adorarla, y otros para quemarla.

Este es el escenario en el que se desenvuelven decenas de empresas que trabajan silenciosamente en el desarrollo de una tecnología cuyas consecuencias llegan mucho más allá del intercambio del último disco de Alejandro Sanz. Y que pueden terminar en la pira, o con sus fondos de investigación limitados, por culpa de una demonización arbitraria y no del todo fundamentada de este tipo de programas. Con el peligro de que su ilegalización por culpa de una aplicación estricta de las leyes de la propiedad intelectual deje la llave de la innovación en manos de sólo unos pocos.

A las redes P2P les espera un camino difícil plagado de problemas legales, técnicos y económicos. Aunque ya cuentan con un aliento inestimable: el de millones de navegantes.

P2P, tres nuevas siglas muy perseguidas

Las redes P2P convierten el PC del usuario, usado principalmente para recibir información de la Red, en un elemento activo que permite a los navegantes intercambiarse información entre ellos y agrupar capacidad de procesamiento. Haciéndolo además al margen de la World Wide Web.

Nadie parece discutir sus aplicaciones en el proceso distribuido (compartir labores de procesamiento), lo que las permite colaborar en la resolución de tareas muy complejas y costosas, especialmente de carácter científico. No sucede lo mismo con el intercambio libre de ficheros. Las industrias tradicionales ven impotentes como las obras de sus artistas, protegidas por las leyes de la propiedad intelectual, desfilan incontroladas ante sus ojos. Entonces ponen el grito en el cielo y a sus abogados a trabajar.

La decisión de la juez que ha obligado a Napster a bloquear, con ayuda de las discográficas, el intercambio gratuito de canciones sujetas a derechos de autor, supone un primer aviso a las compañías de P2P sobre el tortuoso futuro que les espera si se atreven a traspasar los confines de las leyes establecidas.

A no ser que queden confinados a entornos pequeños en los que la posibilidad de infringir el copyright, o de ser detectado por ello, sea más limitada. Así, el espectro del P2P se divide entre los fuera de la ley, perseguidos por la industria, y los que no lo son o que por el momento resultan inofensivos. O, como sugiere inteligentemente Fred Von Lohmann, abogado e investigador de la universidad de Berkeley, a la vista de la sentencia contra Napster, entre el control total y la total anarquía.

Entre los estigmatizados, están programas como Aimster (que combina la mensajería instantánea con el intercambio de ficheros) o IMesh (de origen israelí y con cerca de 4 millones de usuarios). Estos programas, para evitar sufrir el mismo destino que Napster, se apoyan en un curioso precepto: el de los límites sobre la copia privada y el fair use. Permitiendo el intercambio de ficheros sólo entre los buddies (amigos) de un usuario, se sitúan en ese límite borroso en el que la ley no está muy clara. Pues, ¿no sería intercambiar ficheros algo parecido a prestarle una cinta de casete a tus cuatro amigotes?

Aimster, además, presenta una paradoja aparentemente irresoluble. Dado que todo lo que sucede en su entorno está cifrado, las discográficas no pueden saber si los usuarios se intercambian ficheros MP3 con canciones del último disco de Depeche Mode (en Napster un mes antes de su lanzamiento oficial) o simplemente las fotos de un cumpleaños. Y tratar de averiguarlo les puede suponer un coscorrón del juez, pues al romper el cifrado estarían violando la Digital Millenium Copyright Act, la misma ley que ahora ellos esgrimen contra Napster.

Estos revoltosos revolucionarios

Más retorcidas todavía son aplicaciones como Freenet o Gnutella, que permiten el intercambio entre un número ilimitado de usuarios. Al no necesitar de un servidor central son muy difíciles de controlar. Son hidras de múltiples cabezas con las que sólo se puede acabar desenchufando todos los servidores que hacen que la Red funcione.

Aunque la pereza y pasividad de los usuarios también puede ayudar a ello. Como demostró un estudio realizado sobre el funcionamiento de Gnutella por dos investigadores de Xerox Parc en agosto de 2000, el 1% de los usuarios aporta el 40% del total de ficheros intercambiados. Si se aumenta la muestra para incluir al 20% de los usuarios, el porcentaje de aportación crece hasta el 98%. Ese puede ser el siguiente paso de la industria audiovisual o musical: dirigirse contra esos usuarios (por ejemplo, computadoras de las universidades) que almacenan en sus discos la mayor parte de los ficheros intercambiados y que pueden ser identificados por su dirección IP. Esos navegantes que comparten generosamente su música con sus congéneres se convierten en pequeños servidores tipo Naspter que pueden ser identificados y eliminados como si fueran estaciones iraquíes de radar.

La lentitud de Gnutella y complejidad de su manejo son dos de sus grandes defectos. Mientras que Napster guarda un inventario constantemente actualizado de los ficheros en los discos de sus usuarios, al utilizar Gnutella hay que ir preguntando servent (en este caso un PC que hace de servidor y de cliente) a servent hasta encontrar lo que se desea. Estos a su vez reproducen el proceso y responden revertiendo el proceso. Si hay muchos usuarios operando a la vez, las conexiones lentas, como los módem de 56 Kb, colapsan.

Con el propósito de evitar la pérdida de eficiencia nacen versiones evolucionadas (Gnutella es un programa escrito en código abierto y por tanto puede ser mejorado de forma constante) como BearShare, LimeWire o ToadNode.

Para hacer funcionar el programa, el usuario debe conocer además la dirección IP y el número de puerto de otra computadora que participe de esta peculiar red. Aunque esto no resulta difícil con la ayuda de Internet, es sin embargo laborioso. De ahí la necesidad de la simplicidad para que su uso se extienda.

Lo mismo sucede con Freenet, todavía en desarrollo. Este programa va un paso más allá, y aunque también necesita de las direcciones IP como fórmula de identificación, cifra y almacena repetidamente los ficheros para dificultar su localización.

Como señala Kurt Kleiner en un interesante artículo en Newscientist, con estos programas descentralizados se produce un retorno a los orígenes de la Red, cuando las grandes computadoras de las universidades intercambiaban datos de igual a igual. Ahora, en una propuesta con tintes anárquicos, los navegantes tienen la oportunidad de romper la tiranía de los grandes servidores y evitar la posibilidad de ser censurados. El control, como afirman otros, retorna al usuario, incluso de aquél que se sienta detrás de un firewall.

Los chicos buenos de la clase

Frente a estas posturas radicales y libérrimas, más de un centenar de compañías trabajan actualmente en el desarrollo de aplicaciones que, por el momento, no están sujetas a tanta controversia.

Ray Ozzie, el creador de Lotus, desarrolló Groove Networks, un sistema que establece espacios colectivos seguros que operan en todo tipo de escenarios (en una LAN, a través de módem, etc.).

La empresa NextPage trabaja en el desarrollo de herramientas con las que colectivos que se nutren del trabajo en grupo, como los auditores, pueden disponer de documentos y hojas de cálculo constantemente actualizadas. Sus clientes, todas respetables compañías, se cuentan por docenas.

Otra que ha echado el ojo sobre las aplicaciones P2P es el nodo de subastas eBay, que ha firmado un acuerdo con Billpoint. Esta última elabora un programa de pago por tarjeta de crédito entre navegantes.

A estas se suman otras como Thinkstream, OpenCola (que también ha lanzado una cola open source) y muchas más.

La lista comienza a ser interminable. Sus productos podrán modificar además muchos de los hábitos de los navegantes. Como la necesidad de realizar backups, como afirmó Tim O´Reilly, organizador de la primera conferencia sobre redes P2P: la información simplemente estará al alcance del navegante en otros PCs.

Y lo que queda

En cualquier caso, la tecnología todavía está en sus comienzos. Todavía hay que resolver problemas como las limitaciones de ancho de banda, que convierten a determinados usuarios individuales en cuellos de botella y ralentizan el funcionamiento del conjunto de la Red. Los propietarios de las plataformas por las que circula la información no tardarán en demandar una compensación por el mayor tráfico de bits.

O la aparente falta de seguridad de estas nuevas redes (ya existen spammers del Instant Messenger), especialmente desde el punto de vista de las empresas. El equilibrio entre la robustez y flexibilidad será la que determine su grado de descentralización.

Sobre todo, es necesario diseñar modelos de negocio que hagan la tecnología rentable. Sin ellos, no crecerá el número de programadores dedicados a estas nuevas aplicaciones.

Las dificultades de Napster, el revuelo causado por la excesiva rigidez de las leyes de la propiedad intelectual y los tropiezos de la industria musical han puesto a todas estas aplicaciones en el candelero. Y si bien esto puede no ser bueno a la hora de buscar financiación, sí lo es a la de captar clientes. Estos ya se cuentan por millones. Aunque todavía suspiren por el P2P perfecto.


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