Una vez más encontramos asociados los términos “delito” e “Internet”, para seguir dando pábulo a todos aquellos empeñados en estigmatizar la Red, como si ésta fuera la culpable de la vileza de muchas personas, y no el medio que precisamente permite desenmascararlas. Esta vez el suceso se ha localizado en el Reino Unido, donde los malhechores de turno suplantaron la identidad de empleados de la compañía ferroviaria Network Rail para desfalcar al fisco un mínimo de 22 millones de euros (se teme que la cifra aumente, pues apenas se habría empezado a descubrir la trama). Las artimañas empleadas por los estafadores parecen más cercanas a la ingeniería social (es decir, aprovecharse de la candidez o el desconocimiento de la víctima) que de sofisticadas técnicas de programación o espionaje electrónico. Igual que en el caso del informático malagueño que hace unos días se coló en los ordenadores del Departamento de Defensa de los EEUU, el castigo y el reproche no debería dejar impunes a los que han permitido tamaña barbaridad. Ojo: no defendemos al delincuente. Simplemente pedimos que las culpas se repartan en su justa medida. Si el sector público no se decide a prestar máxima prioridad a la seguridad informática, andaremos apañados dentro de poco. Más
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