Re-innovación

¿Es la innovación la respuesta a la carrera que se plantean ganar las empresas españolas por la competitividad? Sin lugar a dudas, sí. Pero, ¿en qué consiste esa caja de sastre, donde todo cabe, y que el management moderno tanto valora? Innovar tendrá una definición diferente o matizada, según quién maneje el concepto.

Yo puedo aportarles la mía, que pueden o no compartir: innovación es la culminación del proceso por el que se implementa cualquier cambio en una organización, y que tiene como consecuencia el aumento del valor competitivo en la empresa. Esas dos condiciones (cambio y que genere valor para la empresa) son las que definen el concepto. Por lo tanto, dependiendo del grado de desarrollo de cada empresa, para lo que algunas es innovación, para otras es simplemente pasado.

Esta innovación es la causa práctica de mejoras en las compañías, todo lo que quede en la mentes de los directivos o empresarios sin llegar a plasmarse es demagogia. Comento esto porque en el mundo de las ideas se mueven magníficos argumentos de mejora, pero que a la hora de la verdad, por miedo al fracaso, no tener muy claro cómo llevar a la práctica esa idea o no contar con los medios suficientes, se queda en eso, ideas.

Innovar es un concepto que muchos empresarios o directivos identifican con grandes proyectos de I+D+i. Muchas compañías, debido a su reducido tamaño o a políticas de empresa basadas en el control, no se dan por aludidas ante esa necesidad o no la perciben como adecuada para su organización. Nada más alejado de la realidad: son precisamente esas organizaciones (micropymes y pymes) las que más carencias de innovación poseen, donde es más fácil innovar y, por supuesto, donde la cuenta de resultados “canta” más elocuentemente los beneficios de las actividades innovadoras.

Qué paradoja, ¿verdad? Empresas donde hablar de innovación es mera utopía, suelen ser las organizaciones más agradecidas por esas actuaciones innovadoras y donde se hace más visible la rentabilidad. Y es que no debemos asociar la innovación con la imagen de señores muy serios de largas batas blancas, con poblados bigotes y pelos desaliñados, inclinados sobre potentes microscopios, que utilizan lenguajes ininteligibles y que investigan sobre cómo conseguir el producto definitivo para la empresa. No es la única fotografía posible de la innovación, ya que remodelar un proceso de trabajo es innovar, decidir nuevas formulas comerciales es innovar, trazar nuevos estilos de dirección es innovar, realizar por primera vez un plan de negocio es innovar.

Fíjense, la caja de sastre que es la innovación, y es que al final todo lo que se lleve a cabo en la empresa, que no hacíamos antes y que genere valor, es innovación. Hay multitud de empresarios y directivos que están continuamente innovando y no lo consideran como tal, ya que no ven a los señores descritos anteriormente por los pasillos de su empresa. La innovación no es un concepto estático, ni mucho menos debe poseer un carácter puntual: es un concepto que debe estar presente de forma permanente en la mente de los responsables del management moderno.

Quiero argumentar con esto que la innovación como necesidad no debe estar en las empresas, sino en las mentes y nóminas de sus trabajadores. Es más, no basta con innovar de manera circunstancial: esto le dará poco tiempo de gloria. Lo que genera ventajas competitivas en las organizaciones es la re-innovación, innovar sobre lo ya innovado, crear un bucle de procesos de innovación empresa apoyado por la alta dirección, que no tenga principio ni fin, sólo la limitación de los resultados, y que cree un flujo de comportamientos hacia la mejora continua de la empresa.

La innovación no es el fin de las empresas, es el medio a través del cual se consiguen objetivos y resultados. En ocasiones, debatiendo sobre estos mismos temas, he compartido diálogos sumamente interesantes con colegas que no creen en eso que he llamado re-innovacion, argumentando motivos de peso: puede ser caro, necesitas de personal más cualificado, necesitas tiempo, formar al personal de forma diferente, en ocasiones los resultados tardan en llegar… De hecho, estos profesionales de la consultoría y directivos de grandes empresas me han planteado como alternativa una opción que en ocasiones puede tener sentido, en situaciones muy concretas: dejar que innoven otros, y cuando esté consolidada dicha innovación, vamos y la compramos.

Puede ser una alternativa válida como les comento, pero ¿cuántas empresas en España, el 5% del tejido empresarial, pueden comprar esa innovación? ¿Dónde dejamos el coste de oportunidad? ¿Una innovación en determinadas empresas va a provocar esos mismos resultados en la mía? ¿Me ayudará de manera sostenida a ser más competitivo esta estrategia? Cuando compre innovación, ¿realmente supondrá valor para mi empresa, o sólo modismo? Son muchas incógnitas que animan a no tomar esa posibilidad como política de empresa prioritaria.

La innovación (o al menos, la necesidad específica de tener que innovar) debe surgir desde la propia empresa. Después podremos buscar alternativas como el benchmarking, la cooperación con otras empresas, ponernos en contacto con grupos de investigación, ver qué hace la competencia, etc. Dispondremos de múltiples posibilidades para concretar soluciones a nuestros problemas, además de las ayudas de todo tipo que desde las administraciones se están realizando para consumar procesos innovadores para nuestras empresas.

Por último, seria aconsejable determinar las condiciones que debe poseer una empresa para implementar una política de reinnovación, pero esto lo dejaremos para mejor ocasión. Recuerden: reinnovar o no poder competir, no hay más cuestión. No es un camino cómodo ni fácil, sólo es el camino hacia la competitividad.


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