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Tras los pasos de Microsoft

Ser el número uno en algo, lo que sea, es un regalo, pero entraña no pocos riesgos. Microsoft es una empresa de la que nadie que esté en su sano juicio rechazaría una oferta laboral.

Sin embargo, la compañía de Bill Gates pasa por ser una de las más odiadas del planeta por su cuasi monopolio informático. ¿Seguirá Google el mismo camino? Todo parece converger en inquietantes indicios al respecto.

Días pasados se han producido protestas y manifestaciones en numerosas ciudades del mundo por la vergonzante sumisión al régimen chino –secundada en esto por Yahoo y Microsoft-.

Tan grave es el asunto y tales grietas está generando en las placas tectónicas de nuestra democracia virtual que el Congreso de EEUU ha tenido que tomar cartas en el asunto, si bien las posibilidades de que las firmas en cuestión le escuchen son las mismas que tiene el Real Mallorca de ganar la Liga.

Otro problema es el preocupante tejemaneje que el buscador se trae con nuestros datos: retención de direcciones IP y de cualquier clase de información sobre el tráfico que se genera en su entorno, cookies que serán chivatas allende varios lustros…

Si alguien se preguntara por qué hay que desconfiar de una empresa tan buena cuyo lema es no hagas el mal, una respuesta cívica, democrática y acorde sería esta: ¿Y por qué hay que confiar en ella?

Por otra parte, los mercados financieros vienen castigando los títulos de Google de una forma que obliga a pensar si el buscador será el desencadenante de una nueva catástrofe puntocom, arrastrando a los infiernos a todo un sector que prácticamente vive a sus pies.

La diferencia entre la-valoración-que-tengo y los beneficios-que-genero es tan abismal que, o se producen pronto las correcciones pertinentes, o volveremos a encontrarnos en peligro cierto.

En cualquier caso, las acciones y actitudes del buscador son tan antiguas como la humanidad, y preciso sería ser un ignorante de la natural condición humana para sorprenderse de que el poder, individual o colectivo, se retroalimente a sí mismo en espirales sin fin.

El poderoso quiere siempre más: dinero, posición, presencia, influencia, mercado, usuarios, clientes… Es lo que hace Google. Es lo que haríamos todos. Más.


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