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Un voto contra el outsourcing

Imagínese la siguiente situación: usted es un administrador de sistemas que trabaja en una empresa de, pongamos por caso, Virginia Occidental, EEUU. Una mañana llega a su puesto de trabajo y encuentra sobre su mesa la temida hoja rosa, mediante la cual se le comunica que está despedido. Sus superiores le informan de que la empresa ha decidido subcontratar el mantenimiento informático a una compañía con sede en Bangalore, India, ya que el coste de este servicio supone una cuarta parte de su sueldo anual.

Esta escena puede pasar por la pesadilla que atormenta las noches de millones de trabajadores del sector informático en EEUU. Y no sería en absoluto de extrañar que llegado el próximo 2 de noviembre, día de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, nuestro personaje, con claro ánimo revanchista, otorgara su voto al partido que con mayor virulencia arremetiera contra el outsourcing y prometiera conservar el empleo tecnológico en las empresas nacionales. Lo más probable es que los electores estadounidenses escuchen insistentemente esta promesa durante los próximos ocho meses.

La maraña política

La cercanía de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos y el inicio de las precampañas electorales han situado en primera línea de debate la conveniencia de subcontratar servicios y aplicaciones tecnológicas a terceros países que ofrecen determinadas ventajas competitivas, como India, China o Rusia. En un momento en que la economía estadounidense parece comenzar a avanzar con viento a favor, la promesa del mantenimiento del empleo tecnológico en las empresas nacionales se está convirtiendo en un destacado argumento electoralista para los dos candidatos a la presidencia.

Según una encuesta elaborada por la revista Newsweek, un 55% de los norteamericanos desaprueba el modo en que la Administración Bush se enfrenta al problema del empleo y la competencia con el exterior. Un 80% de los encuestados opina que la razón principal que impulsa la externalización es el bajo coste salarial de otros países, y otro 77% piensa que las empresas sólo buscan el beneficio y no les importa de dónde provenga éste. Evidentemente, el ciudadano medio no está curtido en conocimientos económicos. Sin embargo, los políticos son conscientes del descontento popular, y las medidas proteccionistas sobre el empleo no se han hecho esperar.

El pasado 23 de enero, el Senado estadounidense aprobó una ley que prohíbe a las empresas que trabajan para los Departamentos del Tesoro y Transporte subcontratar servicios fuera de los EEUU. En principio, las restricciones afectan únicamente a estos dos Departamentos, pero la ambigüedad del texto deja entrever que en el futuro podría extenderse a otros.

El afán por devolver a las palabras “made in America” todo su significado ha movilizado a la clase política norteamericana al completo: parece que nadie quiere quedar sospechosamente al margen de este movimiento nacional-proteccionista, incluida la senadora Hillary Clinton. Otras agresivas iniciativas se han puesto en marcha en el país: la Defendindg American Jobs Act impondrá sanciones a las empresas que despidan trabajadores por causa de la externalización; la USA Jobs Protection Act, impulsada por el senador Christopher Dodd, obstaculiza la contratación de personal y servicios extranjeros. Incluso se ha creado una asociación, la Jobs and Trade Networks, con el objetivo de defender al país de las prácticas “avariciosas, antipatrióticas y faltas de ética” de multinacionales, comercios y otras empresas.

En realidad, para la industria tecnológica india, el impacto de la nueva ley no será perjudicial, ya que el gobierno federal es el destinatario de únicamente el 2% de los productos y servicios informáticos exportados a EEUU por la India, estimados el pasado año en alrededor de 14.000 millones de dólares. Pero más allá de la repercusión económica, la alarma ha saltado ante el cambio de actitud y la postura defensiva adoptada por el gobierno de Bush.

Pero, ¿de verdad es dañino el outsourcing?

Realmente, ¿es tan grave el daño que la externalización está produciendo en los niveles de empleo de EEUU? ¿No nos encontramos en realidad ante una triquiñuela política, que aprovecha la creencia popular acerca de la maldad del outsourcing para enviar un mensaje demagógico a los electores, con la promesa de conservar los empleos dentro de las fronteras patrias?

El aspirante demócrata a la presidencia, John Kerry, no ha dudado en calificar de “traidoras” a las empresas que practican el outsourcing, y en culpar a éste de pérdidas de empleo. Incluso el presidente Bush, que ha visto como durante su mandato las cifras de desempleo aumentaban en 2,3 millones de parados, ha comenzado a disertar sobre la necesidad de conservar los empleos en las empresas nacionales. Ante tamañas afirmaciones, prestigiosos economistas y organizaciones se han visto impelidos a levantar la voz en defensa de la externalización y el libre comercio.

Según la Information Technologies Association of America (ITAA), únicamente el 2% de alrededor de los 10 millones de empleos del sector tecnológico de EEUU se han perdido como consecuencia de la externalización. Esta asociación se desmarca de las proclamas alarmistas arrojadas por el senador Dodd, y no duda en afirmar que este tipo de medidas, lejos de ayudarlas, perjudicarán a los trabajadores y las empresas estadounidenses. Efectivamente, mientras otros países no pondrán trabas a la subcontratación en el extranjero, las compañías norteamericanas podrían ver seriamente dañados sus niveles de competitividad si se mutilan las condiciones de libre mercado con las que actualmente cuentan. Consecuentemente, los inversores extranjeros podrían desviar el destino de sus capitales a otras economías, con lo que el resultado final podría ser un perjuicio al empleo mayor que si no se tomara ningún tipo de medidas.

El mismo Gregory Mankiw, que encabeza el Consejo Económico Asesor del presidente Bush, osó contradecir a su jefe al proclamar las virtudes de la externalización, resumidas en mejora de eficiencia para las empresas y menores costes para el consumidor. Mankiw declaró valientemente en el Congreso que es más lógico importar un bien o servicio cuando es más barato producirlo en el extranjero que en el país, y no dudó en reafirmar su creencia de que el libre comercio es beneficioso para EEUU. En esta línea, un estudio de la consultora McKinsey afirma que la externalización aumenta el valor de las empresas y de la economía norteamericana en general, hasta el punto de que cada dólar invertido en outsourcing se revierte en 1,14 dólares para las arcas nacionales.

El outsourcing, según palabras de Charles E. Morrison, presidente del East West Center, “no es un problema económico, sino una oportunidad”. Y el profesor Jagdish Bhagwati, de la Universidad de Columbia, nos recuerda que el miedo a la fuga de empleos está fuera de lugar: lo que está sucediendo realmente es que el progreso tecnológico está cambiando la forma en que se producen los servicios especializados, y que la economía estadounidense, cada vez más dependiente de la tecnología, únicamente transformará el sistema laboral actual para eliminar los empleos menos cualificados y crear nuevas oportunidades laborales. Si bien es cierto que el cambio tecnológico puede hacer que se pierdan ciertos tipos de empleo donde no es posible competir con las condiciones que ofrecen países como China o India, como contrapartida se generan nuevas oportunidades en áreas innovadoras.

Para muchas empresas, la externalización es la única manera de mantener sus niveles de competitividad. Conscientes de esta evidencia, y desmarcándose de la verborrea de los políticos, empresas como Bearing Point, PeopleSoft o el mismo Bank of America han anunciado su intención de subcontratar personal y servicios en India durante los próximos meses.

Reacciones por alusiones

Mientras esta polémica tiene lugar en EEUU, en India, principal aludido y perjudicado, se tilda de hipócrita la actitud de los políticos estadounidenses. Estados Unidos ha sido tradicionalmente el abanderado del libre comercio, y este repliegue conservacionista a favor de los intereses domésticos se entiende como fuera de lugar y contradictorio con la ideología de una economía basada en el libre intercambio.

No olvidemos que la India también se encuentra en año electoral, por lo que la mayoría de las reacciones han estado marcadas por la prudencia y la moderación. En general, hay confianza en que una vez pasada la marejada electoral americana, las aguas volverán al cauce de la lógica económica. Así lo cree el ministro de Finanzas indio, Jaswant Singh, para quien el outsourcing es un proceso irreversible dentro de una economía global. Además, rechazando el papel de convidado de piedra, nos recuerda que no sólo la economía norteamericana crea valor en India, sino que la generación de valor se produce también a la inversa, en un intercambio que beneficia a todas las partes.

Con la misma paciencia y certeza con que cada año aguarda el monzón, India espera que se calmen estas aguas, aunque sabe que, por el momento, el año electoral primará los mensajes políticos sobre la lógica económica.


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