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¿Veremos algún día un formato universal de libro electrónico?

La historia la hemos vivido con la música digital: canciones que se compran en un determinado servicio o tienda sólo se pueden escuchar en un reproductor concreto. Poco a poco se ha ido aflojando esta delimitación, pero infinidad de usuarios han sufrido problemas de compatibilidad.

¿Podría repetirse esta historia con los libros digitales? Desgraciadamente para los consumidores, parece que la cosa sigue el mismo camino. El contenido (el libro electrónico) que el usuario ha comprado está encadenado a un soporte (el lector digital), con fuertes restricciones (cuando no imposibilidad) para compartirlo o trasladarlo a otros dispositivos.

Por ejemplo, los e-books que vende Amazon sólo se pueden leer en el Kindle (a no ser que se instale el software en otros dispositivos). Lo mismo sucede con los que vende Apple en iBooks, exclusivos para iPads, iPhones y iPods. Sólo Google Books abre un poco la mano, con libros que se pueden descargar en diferentes reproductores… pero no en el Kindle.

Por supuesto, lo ideal seria un formato universal y estándar de libro electrónico, que permitiera la libre circulación de los contenidos de un dispositivo a otro. Algo que reclaman no sólo los principales interesados (los compradores de los libros) sino los propios editores, como quedó de manifiesto en el reciente congreso BookExpo America.

\”Si compras un libro (de papel) en Barnes&Noble y otro en Wall Mart no tienes que guardarlos en habitaciones separadas en tu casa. En cambio, si compras e-books en Apple y Amazon, quedas atado a los universos de Apple o Amazon\”, explica Michael Serbinis, CEO de Kobo, una compañía que sí vende e-books compatibles con diferentes plataformas.

Con otra molestia adicional: imagine que usted tiene un iPad y que Amazon ha conseguido los derechos de publicación de las ediciones digitales de su novelista favorito. ¿Qué hacer? Suena tan absurdo como si en su DVD no pudiera ver las películas de su actor favorito porque sólo reproduce los discos de un determinado estudio, en el que no trabaja su actor preferido… Pero así funciona.

Así pues, si al menos dos de las tres partes implicadas en la industria (lectores y editores) están por la labor de los formatos universales y abiertos, ¿por qué la tercera parte (los distribuidores) se empeña en mantener los e-books en compartimentos estancos?

La respuesta tiene que ver principalmente con un asunto que nos suena muy familiar (incluso cansino): el temor a la piratería, y de ahí proteger los libros con sistemas DRM que eviten esta amenaza. Según Susan Petersen Kennedy, presidente de Penguin USA, los editores no quieren cometer los mismos errores que la industria musical.

Claro que aquí habría que plantearse si la industria de los e-books está expuesta a los mismos riesgos que la música digital.

Es decir, el internauta medio puede descargar cientos de canciones y consumirlas (escucharlas) con toda facilidad, tal vez mientras navega por Internet o hace cualquier otra cosa. Pero habría que preguntarse si tendría el mismo interés en bajarse un libro electrónico y dedicar unas cuantas horas de exclusiva consagración a su lectura.

Sea como sea, las discográficas y las tiendas de música digital han tardado años en ceder a las quejas de los usuarios y -algunos más y otros menos- han ido poco a poco aflojando el control sobre los contenidos, conscientes de que la convergencia acaba siendo más beneficiosa que el férreo dominio.

¿Cuánto tardaremos en ver lo mismo con los libros electrónicos?


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