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WorldCom y el descenso a los infiernos

Cuanto más alto se llegue, más dura será la caída. Y lo cierto es que WorldCom llegó muy arriba en poco tiempo, gracias en gran medida a la ambiciosa manera de llevar las riendas de la Bernard Ebbers, gerifalte de la compañía desde 1995, y ahora caído en desgracia al igual que la nave que comandó durante tantos años.

Ebbers, un canadiense que estudió educación física en la universidad de Mississippi (fue jugador universitario de baloncesto), fue conocido pronto como el cowboy de Internet por sus métodos expeditivos y por la recia imagen que cultiva de sí mismo.

Cuanto más alto se llegue

La fulgurante ascensión de WorldCom, que hace tres lustros no era apenas nada, y antes del escándalo había conseguido convertirse en un todo un titán del sector de las telecomunicaciones, está protagonizada por las adquisiciones. Más de 70 compras protagonizó la teleco, entre las que destaca sobremanera la asimilación de MCI.

En octubre de 1997 WorldCom, que ya poseía la niña de sus ojos en forma de backbone (red troncal) de Internet que es UUNET, adquirió ANS y la infraestructura de Compuserve, anunció que iba a engullir MCI, una compañía en teoría mucho mayor, por 37.000 millones de dólares. La unión se consumó varios meses tras varias dolorosas renuncias y después de pasar por el intenso escrutinio del Departamento de Justicia norteamericano y de la Unión Europea (todo para acabar anunciando en noviembre de 2000 su división). El nuevo coloso pasó a llamarse MCI WorldCom durante algún tiempo y luego volvió a ser sólo WorldCom.

Su último intento de merendarse a la competencia lo protagonizó junto a Sprint. En octubre de 1999 anunció la compra de la compañía. La operación, valorada en unos 129.000 millones de dólares, preocupaba enormemente a las autoridades antimonopolio de Estados Unidos y Europa que creían que podría afectar al desarrollo competitivo de Internet. Finalmente este matrimonio entre gigantes acabó yéndose al garete.

Pese a este matrimonio frustrado, en su mayor momento de gloria WorlCom disponía de una plantilla de 77.000 personas y presencia en 65 países, ocupaba el número 25 de la lista Fortune, contaba con una red de 72.405 kilómetros de fibra óptica, era la segunda empresa de telecomunicaciones de larga distancia tras AT&T y por delante de Sprint, controlaba Embratel, principal operador brasileño… Y así podríamos seguir durante un buen rato.

Más dura será la caída

El nuevo CEO de la compañía, John Sidgmore, anunció el lunes en una rueda de prensa lo que todos ya imaginaban (la semana anterior se estaba rumoreando con insistencia que era la única salida para WorldCom): que su empresa se declaraba en bancarrota.

Con este movimiento, WorldCom marcaba un hito en la historia financiera estadounidense, ya que jamás se había registrado un caso de insolvencia tan grande. Tratándose de WorldCom, es normal que incluso en esta situación tuviera que batir récords. Ya se sabe que cuanto más grande es el árbol, más ruido hace al desplomarse.

Este gigante caído en desgracia pretende emerger de la quiebra más grande que jamás se ha dado en los Estados Unidos en cosa de nueve meses a un año después de una intensa reestructuración. Y asegura que durante ese tiempo, y merced a la protección que otorga la situación bancarrota, podrá seguir prestando servicio a sus miles de clientes.

De hecho Sidgmore ha declarado que \”el peor periodo posible en el que corrimos mayor riesgo tuvo lugar durante los últimos meses, en los que hubo una gran incertidumbre. Ahora, aunque parezca extraño, acogiéndonos al Capítulo 11 nos estamos estabilizando\”. Sidgmore también ha recalcado que no han experimentado una pérdida sustancial de clientes.

No sería la primera vez que el tristemente célebre Capítulo 11 de la Ley de Quiebras se convierte en una tabla de salvación para la empresa que se acoge a la protección que otorga. Para lograrlo, WorldCom ha asegurado que acometerá una profunda reestructuración ayudado por un experto en podar empresas y por los 2.000 millones de dólares que ha logrado reunir. Sin duda los 60.000 empleados con los que cuenta en este momento deben estar temblando por su futuro laboral.

Pero el mayor problema en estos momentos no es la continuidad de WorldCom, que por muy optimista que se muestre su CEO sigue estando en entredicho, sino la sombra de dudas y confusión que planea sobre todas las compañías (principalmente sobre aquellas auditadas por Arthur Andersen).

Desde que Enron destacara, como una moderna Pandora, la caja de los truenos de la contabilidad creativa, cada pesquisa de la SEC se traduce en temblores de piernas de los analistas y en batacazos bursátiles, y los libros de cuentas empiezan a parecer tan fiables como las revistas del corazón. Como afirmó hace ya unos cuantos meses un analista, \”esto es terrible para la industria. Si no nos podemos fiar de los números históricos, ¿por qué creer en los actuales?\”. Este nuevo fantasma era lo último que necesitaba un sector que quería comenzar a respirar de nuevo.

WorldCom, la increíble empresa menguante

¿Y cómo se ha llegado hasta esta situación? Las primeras noticias malsonantes referentes a WorldCom estaban relacionadas con la crisis que hizo (y hace) tambalearse al sector. Es decir, diferentes tandas de despidos más o menos importantes (11.500 en enero de 2001 por ejemplo) y presentaciones de resultados fiscales algo amargos. Todo dentro de la normalidad que se vivía entonces. Pero el principio del fin tuvo lugar en mes que empieza la primavera.

Marzo no había alcanzado aún su ecuador cuando se supo que la SEC (Securities and Exchange Commision) estaba escrudriñando los libros de cuentas de WorldCom, auditados por Andersen, y los multimillonarios préstamos concedidos a algunos directivos de la empresa (Ebbers entre ellos) en busca de irregularidades.

A día de hoy, conociendo la historia completa, resulta sonrojante recordar que los mismos directivos que luego saldrían por la puerta de atrás de la teleco con más pena que gloria saltaron inmediatamente a la palestra para defender la inocencia de la empresa.

La bola de nieve había comenzado a rodar aspirando convertirse en un alud, y ya no había forma de detenerla. La primera medida importante que adoptó WorldCom tras conocerse esta investigación fue poner en la calle al 4% de su fuerza de trabajo (y no al 10% como se venía diciendo), unos 3.700 empleados, nada más iniciado el mes de abril para reducir costes.

Justo un mes después, la teleco volvió a personarse ante los medios para anunciar un recorte del 20% de su plantilla, unos 16.000 trabajadores. También en este caso esgrimió la necesidad de recortar gastos. Era una medida comprensible, teniendo en cuenta que tenía que bregar con una deuda de 30.000 millones de dólares, que su crédito mereció la calificación de bonos basura en mayo, que los ingresos descendían trimestre a trimestre y que su valor en bolsa estaba cayendo en picado (en 1999 su acción cotizaba a 62 dólares, en ese momento no llegaba al dólar y medio).

Hasta finales de junio la investigación de la SEC no volvió a irrumpir con toda su fuerza. Fue entonces cuando una auditoría interna (KPMG) ha encontrado suficiente basura entre los números de WorldCom como para ahorrarle trabajo a la comisión gubernamental.

Entre los libros de cuentas aparecieron 3.900 millones de dólares que la teleco había transformado de gastos en inversiones. Un descubrimiento que convirtió los 1.400 millones de beneficios obtenidos en 2001 en unas pérdidas igual de abultadas. Resulta curioso que Worldcom hiciera malabares con el cash flow (flujo de caja), en principio más complicado de manipular que los beneficios y en el que los inversores confiaban hasta ese momento como único dato fiable para medir la salud de una compañía.

Inmediatamente, Ebbers abandonó el timón (y eso que se supone que el capitán es el último en abandonar el barco), así como el director financiero (CFO) Scott D. Sullivan y el vicepresidente y supervisor financiero David Myers, y el valor de la acción de la compañía se situó en los 0,83 antes de que se suspendiera su cotización. En gran parte es culpa suya que a principios de julio el Nasdaq descendiera hasta niveles de hace un lustro.

Al día siguiente el presidente Bush recriminaba a la compañía y la SEC presentaba cargos por fraude contra WorldCom, ampliando sus investigaciones más allá del año y medio, en el que ha reconocido que contabilizó 3.900 millones de dólares en gastos como inversiones.

Poco le quedaba a John Sidgmore, nuevo CEO de WorldCom, más que personarse en Washington en tiempo récord (menso de una semana después del escándalo) con el rabo entre las piernas, para pedir perdón humilde y públicamente, y asegurar que hará todo lo necesario para que vuelva la confianza sobre su compañía, empezando por una limpieza de sangre. \”Aunque todos las acciones que se han descubierto corresponden a la anterior administración de la empresa, quiero pedir perdón de parte de todos los que trabajamos en WorldCom\”, dijo.

El portavoz de WorldCom Brad Burns, lleva diciendo desde ese momento a todo el que quiera oírle, que su compañía seguirá cooperando plenamente y que están deseando que todos los responsables de estas irregularidades sean descubiertos y llevados ante la justicia para que la empresa pueda retomar su camino.

Una de las últimas noticias destacables antes de la llegada de la bancarrota más grande jamás contada, hacían referencia precisamente a la negativa de Ebbers (ex CEO) y Sullivan (ex CFO),considerados máximos responsables del agujero de 4.000 millones, a declarar. Ambos ex directivos se acogieron a la Quinta Enmienda para negarse a responder a las preguntas del Comité del Congreso encargado de la investigación.

La otra, conocida a mediados de este mes, rezaba que los desmanes financieros de WorldCom se remontaban muy atrás en el tiempo. Por lo visto, según se deduce de los documentos internos de la compañía, su responsable financiero ignoró al menos dos quejas de empleados que aseguraban que ya aseguraban en 2000 que se estaban inflando artificialmente los ingresos.


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