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Y la economía se hizo digital

Esta semana se ofició en Madrid el nacimiento de la Fundación DMR Consulting , que tiene como principales objetivos promocionar la formación y la investigación en el campo de las tecnologías de la Información. El acto de presentación contó con la presencia singular de dos premios Nobel de economía de tendencia neoliberal: Gary Becker y James Buchanan.

Ambos economistas ofrecieron una visión a grandes rasgos del actual proceso de transformación económico y social, en el que las tecnologías de la información desempeñan un papel protagonista. Para Becker, miembro de la escuela de economía política de la universidad de Chicago y catedrático de esa universidad, las nuevas tecnologías tendrán un papel fundamental en el crecimiento económico y serán fuente de creatividad y calidad de vida, siempre dentro de los límites de la economía de libre mercado. Buchanan, fundador de la escuela de Virginia y actual director general del Center for Study of Public Choice (Centro para el Estudio de la Elección Colectiva), se muestra por su parte más preocupado, al hilo de lo sucedido en EEUU, por el resquebrajamiento del contrato social y la creciente dificultad de articular los intereses a menudo antagónicos de los ciudadanos de un mismo estado bajo el amparo de unas instituciones únicas.

Fundaciones, bienvenidas sean

No existen en España muchas instituciones que tengan la Sociedad de la Información como marco de actuación específica. Es por eso que hay que celebrar el nacimiento este miércoles en Madrid de la Fundación DMR Consulting. La fundación, presidida por Pedro Schwartz y financiada anualmente por la división para España y Latinoamérica de la consultora DMR (con una cantidad aún sin especificar), propiedad a su vez del grupo Fujitsu, tiene como objetivos promocionar y fomentar la formación y la investigación en el área de las tecnologías de la Información.

En su breve presentación, Schwartz reconoció la importancia creciente del talento y el conocimiento en la nueva Sociedad de la Información. Para el también catedrático de Historia de las Doctrinas Económicas de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Autónoma de Madrid, el trabajo de la fundación deberá contribuir a \”facilitar una adaptación rápida y eficaz a los modelos que están naciendo, ya que el impacto de la Economía Digital en la sociedad exige una transformación de los modelos económicos, sociales y políticos tradicionales\”.

Con tal propósito la fundación anunció la convocatoria de un Premio de Ensayo, el patrocinio de Cátedras (ya cuentan con acuerdos con universidades de Madrid, Valencia y Barcelona), la financiación de becas, la edición de publicaciones en colaboración con editoriales especializadas y la creación de [email protected] de Investigación Interdisciplinar en Tecnologías de la Información. Estos últimos, uno de los proyectos ya en marcha junto con el premio de ensayo (dotado con 30.000 euros y que será fallado en la primavera que viene), consistirán en unidades de investigación independientes y beneficiarias de alguna institución académica creadas con el propósito de estudiar las consecuencias de la utilización y el impacto de las Tecnologías de la Información en la Nueva Economía.

Pero si el anuncio de la creación de la Fundación fue ya de por sí un hecho interesante, más lo fue la asistencia al acto de presentación de dos de los últimos premios Nobel de Economía, los profesores estadounidenses James Buchanan (galardonado en 1986) y Gary Becker (que hubo de vestirse de gala seis años más tarde). Schwartz explicó de forma sencilla el motivo de la elección para la presentación de dos economistas y no de dos expertos en tecnología: \”Los mercados son impredecibles, no funcionan con la precisión de una máquina. Lo importante es el elemento humano.\”

La tecnología es buena, a pesar de sus peligros

Ambos profesores, con la sencillez y la ausencia de soberbia que suelen caracterizar a los verdaderos maestros (Buchanan vestía unas zapatillas deportivas de cuero negro bajo su traje), dejaron entrever algunas de sus opiniones sobre las profundas transformaciones que tienen lugar en las sociedades contemporáneas, en especial sobre las motivadas por el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información.

Becker, catedrático de la Universidad de Chicago, defensor de la importancia de la educación y la capacitación ya desde comienzos de la década de los 60 (su libro \”Capital Humano\”, publicado en 1964, considera la educación como una inversión económica) y conocido sobre todo por utilizar los principios del análisis económico sobre aspectos teóricamente tan poco mercantiles como el matrimonio, el divorcio o la descendencia, abrió el fuego analizando lo que para él serán las consecuencias fundamentales de la explosión tecnológica sobre el individuo y la familia.

Para el profesor estadounidense, las transformaciones tecnológicas no son nuevas, sino que llevan teniendo lugar desde hace 150 años, con inventos como la electricidad, el automóvil o el transporte aéreo. Sin embargo, la especial intensidad de los cambios actuales puede concretarse en dos factores fundamentales. Por una lado, la necesidad constante de invertir en educación. La importancia del trabajo físico en los hogares disminuye en favor de habilidades intelectuales de una profundidad desconocidas hasta hace pocos años. Esto da lugar al segundo de los factores que Becker señala como importantes: la incorporación de la mujer al mundo laboral. Mujeres y hombres están hoy igualmente capacitados para el trabajo (siendo éste de signo intelectual y no físico). Esto permite una participación creciente de las mujeres en la actividad laboral desde medidos de la década de los sesenta en Estados Unidos y Europa, de tal forma que en países como Estados Unidos se llega hoy a un escenario en el que el nivel educativo de la mujer supera al del hombre.

Sin embargo, el esfuerzo creciente de las familias por educar a sus hijos tiene una contrapartida negativa: el descenso de la tasa de natalidad. El valor de los hijos ya no está en su número, sino en capital humano que los padres invierten en ellos. La natalidad desciende, lo que provoca que en países como España (cuya tasa creció mínimamente el año pasado gracias a la inmigración), el número de nacimientos se sitúe por debajo de la tasa de recambio. Becker considera que esta tendencia todavía no ha visto su fin. La mayoría de los países europeos tienen hoy tasas de natalidad inferiores a las necesarias para asegurar la reproducción. Las nuevas tecnologías acelerarán todavía más la incorporación del mundo laboral y favorecerán fenómenos como el teletrabajo o la pérdida de influencia de las ciudades. También aumentará la esperanza de vida, y se dará la paradoja, que ya se da hoy en ciertos países, de que los hijos deberán de cuidar de los padres durante más tiempo del que estos últimos pasaron con los primeros.

Becker sostiene que los rápidos cambios tecnológicos producen indudables distorsiones en el individuo. A modo de ejemplo personal, el economista citó las dificultades que él y Buchanan tuvieron para adaptarse al PC. El individuo es o debería ser consciente de que no basta con la educación recibida durante la universidad para construirse un relato a largo plazo, ésta se vuelve enseguida obsoleta. Esos primeros estudios le permitirán proveerse de unos conocimientos básicos; pero la forma de aplicar esas habilidades cambiará en la medida en que lo haga la tecnología. Para Becker, las sociedades que no experimentan cambios tecnológicos (con todo lo que ello conlleva) son sociedades pobres, cuyos individuos están sujetos a otras causas de ansiedad (dificultades alimenticias, esperanza de vida breve, etc.)

Neoliberales contra reaccionarios

El economista estadounidense, que llevaba dos semanas en Europa, afirmó haber tenido una discusión a este respecto con Jeremy Rifkin en una conferencia reciente en París. Rifkin, economista, autor de numerosos libros (el último con el sugerente título \”La era del acceso: La Nueva Cultura del Hipercapitalismo donde toda la vida es una experiencia de pago\”) y presidente de la Fundación de Tendencias Económicas (Foundation on Economic Trends), con sede en Washington, es una de las principales voces discordantes que advierten contra los dilemas éticos y morales causados por el desarrollo tecnológico incontrolado. Entre otros riesgos, Rifkin menciona el estrés y la pérdida del trabajo. Becker rechaza estas teorías con el argumento de que el verdadero estrés es el causado por la temprana muerte de un padre o un hijo por malnutrición o enfermedad. El estrés tecnológico es, por comparación, mínimo. Las nuevas tecnologías tienen sus desventajas, pero contribuyen de forma indudable a la mejora de las condiciones de vida de gran parte del planeta. Para reducir sus efectos perversos, será necesario reformar las instituciones políticas, económicas y sociales.

Así, Becker califica como \”horrible\” otro de los libros de Rifkin, \”El fin del trabajo\”, que tuvo gran aceptación en Europa. Publicado en 1995, en él el controvertido economista estadounidense afirmaba que las nuevas tecnologías permitían a las máquinas realizar muchas de las actividades que antes hacía el hombre, eliminando así puestos de trabajo. Estas teorías, señaló Becker, fueron abrazadas por algunos gobiernos europeos, que pudieron así justificar sus altas tasas de paro. Sin embargo, durante esa misma época, Estados Unidos experimentaba un crecimiento económico desproporcionado, con una tasa de empleo adulto superior al 65% y una tasa de desempleo inferior al 4%.

Los gobiernos europeos pronto cambiaron de actitud, acercándose al modelo estadounidense. Se introdujeron medidas de flexibilización del mercado laboral, proporcionando incentivos a las empresas para contratar y también para despedir. Esto es, entre otras cosas, lo que los opuestos a las teorías neoliberales de Becker conocen como desreglamentación: eliminación de las medidas correctoras del mercado implantadas por los estados después de la Segunda Guerra Mundial y desmantelamiento progresivo del estado del bienestar. Un ejemplo del éxito del modelo estadounidense sería para el profesor Silicon Valley, con muy baja tasa de paro durante los últimos años (cercana al 1%) y una rotación frenética de puestos de trabajo. La pérdida de un empleo no debería ser un problema mientras se creen las condiciones económicas suficientes para encontrar otro. Para Becker, los Rifkin de este mundo serían comparables a los luditas, los revolucionarios que en 1811 intentaron acabar con la implantación de la maquinaria textil en diversas zonas de Inglaterra.

Preguntado por Baquía por su opinión acerca de las demandas de los movimientos antiglobalización, Becker respondió que sus quejas reflejan una frustración ante la brecha económica existente (y que crece en algunos aspectos) entre el primer y tercer mundo y afirmó que simpatiza con muchos de sus objetivos, aunque discrepa con sus soluciones, que podrían empeorar todavía más el atraso de esas sociedades. Las multinacionales o el trabajo infantil (Becker ha escrito también extensamente sobre la mejor forma de reducir este tipo de empleo) no son los causantes de la pobreza. El verdadero culpable son las erróneas políticas económicas aplicadas por esos gobiernos.

Becker cerró su participación con un mensaje optimista. Si bien se desconoce el alcance de las transformaciones a largo plazo y su verdadero efecto sobre los incrementos de productividad laboral, podemos comparar la época actual de cambio con la segunda revolución industrial (1880-1930) y la llegada de la luz eléctrica. No será hasta dentro de tres décadas cuando se pueda medir con exactitud la amplitud de las transformaciones. Aun con esta cautela, el economista se atrevió a insinuar que estamos inmersos en una tercera revolución industrial.

Sin peligro de recesión, aunque sí de anarquía

James Buchanan, más parco en palabras durante la presentación, es conocido especialmente por sus estudios sobre la teoría política de la Elección Colectiva (Public Choice), cuyo precursor, a comienzos de siglo, fue el economista sueco Knut Wicksell. Éste fue el primero en negar la visión tradicional del Estado como entidad individual, desprovista de objetivos propios y absolutamente benevolente. Las decisiones del sector público se toman no pensando en el bien común, sino de forma que maximicen los intereses de los agentes que lo componen –votantes, políticos, grupos de presión, burócratas, etcétera.

Buchanan desarrolló extensamente el análisis de Knut Wicksell y profundizó en la idea de la política como una estructura compleja de intercambios. Los ciudadanos contribuyen de forma individual al pago de los servicios a cambio de satisfacer unos objetivos compartidos y deseables. Este concepto voluntarista y contractualista (se establecen unas reglas básicas y luego se suceden los pactos por adhesión voluntaria de los distintos agentes sociales) de la política no choca con la existencia del poder coactivo del Estado: los ciudadanos otorgan la capacidad de coacción sólo si el intercambio constitucional básico es favorable a sus intereses.

El economista estadounidense comenzó hablando –a pregunta de una periodista– de las consecuencias políticas y económicas de lo sucedido en Estados Unidos. En el plano político, el profesor predijo una respuesta inmediata, capaz de satisfacer la emoción contenida del pueblo norteamericano, seguida de un plan a largo plazo de erradicación del terrorismo. En relación a la economía, Buchanan se confesó incapaz de predecir nada (algo que repite una y otra vez en sus teorías). Sin embargo, afirmó que no cree que el atentado tenga efectos significativos en el largo plazo. Históricamente –afirmó el profesor– nunca se ha producido una fuerte recesión con un nivel de oferta monetaria como el existente, con la Reserva Federal haciendo frente a las necesidades temporales de liquidez. La debilidad de la economía se explica por un exceso de inversión. Mientras estos excedentes no se diluyan, la economía continuará por su senda descendente.

El desafío al que hoy se enfrentan los estudiosos de la economía política, tal como aseguró el miércoles Buchanan, \”es analizar los efectos de la revolución electrónica en las estructuras institucionales en las que interactuamos en el plano económico, social y político\”. A propósito de este tema, Baquía le preguntó al profesor estadounidense por las transformaciones que experimentarán las fidelidades de los ciudadanos a medida que vayan superándose las fronteras físicas gracias al avance de las nuevas tecnologías.

Para Buchanan, la teoría del contrato social siempre choca contra el problema de su legitimación. Se establece el contrato, en principio cuanto más justo más legítimo, pero eso no garantiza la adhesión de la ciudadanía. A medida que las fronteras físicas aumentan su porosidad, la pregunta que surge es: ¿A quién otorga la ciudadanía su fidelidad?. El profesor confesó que este tema es de una importancia crítica hoy en los EEUU, especialmente por motivo del atentado terrorista. Uno de los puntos de conflicto se encuentra en los cambios habidos en el fenómeno migratorio. Hasta hace treinta años, los inmigrantes llegaban a EEUU y se integraban perfectamente con la ciudadanía local. Era lo que se conocía como el \”melting pot\”; los inmigrantes se convertían en los ciudadanos más patriotas de todos. Sin embargo, esta lealtad ha desaparecido, hoy no existe ninguna fidelidad al estado. El fomento de diversidad y multilingüismo contribuyó a diluir el vínculo común. Las comunidades locales se muestran fieles a sus líderes políticos o religiosos, rompiendo así el contrato social. Este, para Buchanan, es un problema extensible a otros países europeos como Alemania o el Reino Unido.

El profesor no cree en las restricciones a la inmigración como solución a este problema, pero sí considera necesario exigir una adhesión a una estructura política común. En este sentido, Buchanan abogaría por algo similar a las medidas de asimilación puestas en práctica por el gobierno francés (que intentaron combinar, en ocasiones con excesivo celo, los valores comunes con la libertad absoluta en la esfera privada del individuo), de forma que terminara suavizándose esta adhesión a individuos u organismos allende las fronteras nacionales. Esto indudablemente podría generar conflictos con las libertades civiles. El debate, sin embargo, es necesario. Buchanan cita el cambio de actitud de John Gray, el filósofo liberalista clásico británico, tornado en escéptico al percatarse de que las sociedades liberales fallan al mostrarse incapaces de adoptar los pasos necesarios para mantener sus propias tradiciones.

Aquí se llega a un callejón sin salida. El pasado sábado Joaquín Estefanía, director de opinión de El País reseñaba el último libro del pensador inglés e incluía las siguientes palabras: \”Gray entiende que no necesitamos valores comunes para vivir juntos en paz, sino instituciones comunes en las que muchas formas de vida pueden coexistir\”. ¿Las tenemos?. \”Lo sucedido la semana pasada abre un debate de impredecibles consecuencias en los EEUU. Y quizás nos despertará o no. No lo sé\”, termina diciendo el premio Nobel estadounidense.


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