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Y la música se hizo digital

De un tiempo a esta parte, las noticias y artículos sobre música se han multiplicado en las revistas y páginas que se publican en la Red. Este crecimiento no es casual. La llegada de Internet ha agitado cimientos que se creían sólidos pero que, al menor soplido, se han demostrado endebles. La Red será, si no lo es ya, un canal de difusión para la música tan importante como la televisión o la radio. No obstante, existen pequeños matices que los diferencian. Con Internet los usuarios tienen la posibilidad de escuchar las canciones que quieran el número de veces que deseen en el momento que consideren oportuno. Con la radio o la televisión tradicional deben encomendarse a la suerte para que se emita el tema que buscan.

Existe una diferencia aún mayor: con la llegada de la música a la Red, los internautas disponen de una forma rápida, sencilla y barata de fabricarse sus propios discos sin desembolsar apenas dinero. Una buena conexión, una grabadora y un CD virgen es todo lo que se requiere. Esta novedad ha puesto los pelos de punta a las compañías discográficas, acostumbradas hasta ahora a campar a sus anchas y a colgarse el cartel de intocables durante varias décadas. La paulatina caída en las ventas de discos ha dañado la línea de flotación de las cinco grandes discográficas (EMI, BMG, Universal, Sony y Warner) que copan el 85% del mercado musical. Su primera reacción fue la indiferencia; más tarde llegó la molestia y por último la indignación.

Con el cuchillo entre los dientes

Las discográficas se han percatado de que existe un peligro real que puede derrumbar su anquilosado y fructífero modelo de negocio. Pero en vez de apostar por la mesura y la reflexión, han optado por lanzarse a la yugular de todo aquello que le perjudique. Napster fue la primera víctima. ¿Resultado? Las descargas crecieron como la espuma: la consultora Jupiter Media Metrix cuantificó que el incremento en el uso de los programas que surgieron a raíz de la muerte del programa creado por Shawn Fanning alcanzó el 492% entre los meses de marzo y agosto. Cualquier persona aprendería del resultado obtenido. El dicho según el cual la experiencia es un grado no es aplicable, por tanto, a la industria musical. Decapitado Napster, apuntaron sus armas hacia Aimster, luego se fijaron en MusicCity y terminarán señalando hacia Morpheus o AudioGalaxy (tiempo al tiempo). Este método se ha demostrado inútil. En vez de perder el tiempo en trámites legales, las discográficas deberían esforzarse en encontrar alternativas viables que permitan enderezar un negocio necesario (que no imprescindible).

Las discográficas se han percatado de que existe un peligro que puede derrumbar su negocio

Una iniciativa plausible sería la de convencer a la gente para que no descargue música. Para ello se requiere mucha delicadeza. Y es que tratar de hacerle ver a alguien que suelte dinero por algo que puede encontrar gratis con un solo clic es tarea ardua, pero no imposible. Ejemplos hay que lo confirman. Este mes se ha puesto de nuevo a la venta el modelo de coche Mini. Obviamente, se mantiene una diseño similar al que rodaba por las carreteras hace treinta años, pero por dentro dispone de las últimas prestaciones del mercado. La forma permanece, pero cambia el fondo. Con los discos sucede lo mismo: las compañías deben conferirle al producto final un valor añadido que convenza a la gente de que es más rentable adquirir el CD que descargarlo de la Red.

Sutileza, esa palabra desconocida

La sutileza no es un rasgo que defina ni a la industria discográfica ni a su patronal, la RIAA. Ésta luchó hace unas semanas para que a la nueva Ley Antiterrorismo de Estados Unidos se añadiera una enmienda de su cosecha. Con ella pretendía obtener permiso para entrar en cualquier ordenador ajeno y comprobar la existencia de material \’pirata\’. En caso de encontrarlo procedería a borrarlo de inmediato. En lenguaje popular a este método se le llama entrar como un elefante en una cacharería.

Otro ejemplo: esta misma semana se daba a conocer la trama de un capítulo de la serie de dibujos animados The Proud Family, producida por la factoría Disney. Su maniqueo guión (del que se intuye la autoría y financiación) consistía en unos niños perversos que, al no pagar por bajarse música de la Red, provocaban que otras personas perdieran sus puestos de trabajo. El engaño tampoco es la forma. También es significativo que la RIAA haya tenido que agachar la cabeza para pedir perdón por comparar a los piratas musicales con terroristas.

Los acontecimientos actuales demuestran que no es aconsejable aplicar el argumento reduccionista de que el mundo se divide en buenos y malos. Y eso es precisamente lo que hacen los que luchan por mantener los jugosos ingresos que obtenían hace unos años. Su modelo era sencillo: sólo necesitaban unos compradores adiestrados para pagar precios abusivos por hacerse con un disco. Pocos ponen en duda que ese sistema ya ha caducado.

Cuando se ostenta tanto poder, puede optarse por monopolizar el mercado o abrir la puerta a la competencia. Algunos empresarios consideran que las alternativas a su negocio son positivas, ya que fomentan la mejora propia. Las discográficas no. De ahí que las dos plataformas musicales lanzadas por las cinco mayores firmas de discos del mundo, MusicNet y PressPlay, tengan que visitar en breve los tribunales.

Pero su avaricia no tiene descanso. Para muestra un botón: MusicBank, un nonato que pensaba celebrar su salida en noviembre, se ha visto obligada a echar el cierre. Sus responsables han subrayado que estaban tan desesperados por obtener las licencias de las canciones (en manos, obviamente, de las discográficas), que aceptaron pagar cantidades disparatadas por conseguirlas. Esto demuestra dos cosas: o bien los gigantes de la música hacen todo lo posible por dinamitar cualquier alternativa que les haga sombra, o bien no hay espacio para los pequeños proyectos musicales online.

La sutileza no es un rasgo que defina a la industria discográfica

En este caso, los directivos de las discográficas se han defendido aduciendo que MusicBank ha sucumbido a los típicos errores de principiantes: gastaron mucho dinero, tardaron demasiado en lanzar el proyecto y se movieron con indecisión. Un argumento lógico si no fuera porque esa es la radiografía exacta de MusicNet y PressPlay, las plataformas que se lanzarán bajo su tutela. Prometieron su salida a principios de verano. Más tarde lo pospusieron hasta finales y ahora han prometido que estarán disponibles antes de que concluya el año. ¿No es eso indecisión y retraso? No hay peor ciego que el que no quiere ver…

Afortunadamente, los recursos para intercambiar música crecen. Yahoo! incorporará a su programa de mensajería instantánea un servicio con el que se podrán enviar mensajes con música, vídeos, gráficos animados, juegos y enlaces a otras páginas. La prueba piloto se ha realizado con el grupo de rock Garbage. El método es sencillo: los internautas podrán escuchar su último single, Androgyny, a cambio de encontrarse con un enlace que le lleve a Yahoo Shopping, donde podrá comprar el CD. Este es sólo un ejemplo de cómo reaccionar ante los cambios que se producen: poniendo en marcha otras alternativas.

Tal vez, sólo tal vez, sería bueno que las discográficas tomaran como ejemplo esos reproductores de música situados en los grandes centros comerciales para que los clientes puedan escuchar un disco. Muchos desisten en la primera canción. Otros dan dos pasos y se llevan el CD debajo del brazo. Y aquí paz y después gloria.

Los discográficas, en definitiva, se han metido en una dinámica que les perjudica a ellas mismas. Que la mejor defensa es un buen ataque es una idea útil según la réplica que se aplique. Entablar una batalla con los clones de Napster sólo representa una pérdida de tiempo. Al igual que sucedía con los Gremlins, esos animalillos que se multiplicaban si se les echaba agua encima, el cierre de un programa de intercambio de música sólo tiene un efecto contraproducente.

La industria del disco, tan propensa a apoyarse en cifras, debería echar un vistazo a las previsiones de Forrester Research para el año 2006. A juicio de la consultora, en esa fecha se ingresarán 6.200 millones de dólares con las ventas de CDs sólo en Estados Unidos. El 32% de obtendrá a través de Internet. Asimismo, los ingresos conseguidos con las descargas de canciones en la Red y los servicios de suscripción a las plataformas musicales pasará de los 29 millones de dólares actuales a los 1.900 millones en 2006. Habrá que luchar por cumplir estas previsiones. Pegarse tiros en el pie, como se ha hecho hasta ahora, no parece la mejor de las soluciones. Auambabulubabalanbambú.


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