¡Ya está aquí!

Los ciclos económicos poseen ese raro estatus de lo previsible y sorprendente por partes iguales. Claro que si sabemos de la caducidad de los buenos tiempos económicos, no debemos ser “avestruces” y reconocer que los tiempos de recesión llegarán.

¿Cómo afectan estos cambios cíclicos a las empresas? Pues depende de la labor previsiva ejercida por las mismas. Si me permiten el símil, las épocas de recesión para las empresas son exámenes, más o menos sorpresas, que miden la capacidad de supervivencia de las organizaciones. Sólo existe un pequeño problema: que muchas de las que no superan la prueba desaparecerán, y con ellas puestos de trabajo, proyectos de vidas, perjudicados por deudas no satisfechas… En definitiva, se mata el reparto de riquezas y se desencadena un proceso de conflictos que afectan a otras organizaciones y personas.

Parece que estamos entrando en una de esas etapas de desaceleración/recesión económica. Parece ser que eso de la globalización nos está afectando negativamente por los pobres resultados y múltiples problemas que se están desencadenando allá, en el otro lado del Atlántico. Y es que las reglas del juego son así: puede ser muy rápido y relativamente fácil ganar dinero con una empresa brasileña, pero de igual manera sus “enfermedades financieras” nos las trasmiten con la misma o mayor inmediatez a nuestras inversiones, incidiendo de manera negativa en nuestros resultados. Esa es la importancia del valor de la rentabilidad del momento.

Esto no implica más que estar en los momentos de auge para hacer crecer nuestras inversiones, desparecer un segundo antes de que empiecen los problemas, tan fácil y complicado a la vez. De todas formas, esos movimientos de flujos económicos, fondos de inversiones, grandes grupos inversores, etc. aún entendiendo que son muy importantes y que rigen gran parte de la economía, no son el motivo de esta reflexión. Me interesa más centrarme en la dinámica en la que se tendrá que desenvolver la empresa española -y si me apuran, la pyme- en breve.

Y es que algunas ya se están echando las manos a la cabeza porque tienen deudas que pagar y el ritmo de ventas ha bajado de manera considerable. Señores: estas etapas económicas a la baja llegan y pasan factura a todas las compañías, pero hacen más daño a aquellas menos preparadas. Así que el ciclo alcista de aquellas organizaciones que se han dedicado a “despachar” productos o servicios, sin preocuparse de dotar de competitividad sus actuaciones, se viene a su fin y aparecerán problemas de continuidad en los mercados. Argumento este lógico, ya que los que nos dedicamos a ese “en ocasiones infravalorado” oficio de asesorar a empresas para la competitividad, incidimos hasta el hastío en aquello de la proyección de las organizaciones, cual profesor obstinado que insiste en que el examen vendrá y valorara el trabajo realizado hasta entonces.

En este sentido, ahora es cuando tiene más sentido aquello de invertir y recoger resultados cuando se “apostó” por poseer y generar talento en los empleados, cuando se construyen empresas equilibradas y bien organizadas, cuando la política es la de invertir en conocimiento y servicio para clientes, cuando la re-innovación es una obligación en todos los estamentos, cuando trabajamos en el establecimiento de alianzas solventes… En definitiva, fórmulas gerenciales que no tomen el presente como la única realidad posible, sino que un futuro menos apacible también tiene que ser nuestro medio de vida y debemos estar preparados para ello.

Siempre he compartido la idea de que las empresas tienen un medio para conseguir su fin- Ese medio es el dinero y su capacidad organizativa, y el fin a conseguir, la proyección y crecimiento de la organización en las distintas condiciones de mercado que se nos plantee. En esta afirmación no debemos confundir medio y fin, traerá pésimas consecuencias. De todas formas, no seamos tremendistas: siguiendo con la comparación estudiantil, sabemos que podemos fallar en el examen de junio, pero salvo catástrofe, podemos salir bien parados en septiembre, pero no debemos olvidar que las reglas que seguirán estando vigentes para el éxito serán las mismas: la constancia, la organización solvente, la planificación y, sobre todo, dotar de valor al trabajo que desempeñemos desde nuestra empresa.

Los mercados están dictaminando nuevas reglas de juego para la comercialización de productos y servicios. La pregunta es si estamos preparados para seguir jugando y ganar. Con esos cambios que se están implantando, no bastará con las soluciones habituales y a corto plazo de reducción de costes que pronto se anunciarán en muchas empresas para maquillar la cuenta de resultados y esperar mejores tiempos. Necesitamos herramientas efectivas y una organización dúctil, que genere beneficios en etapas de signo económico diferente. El cambio es lo único constante en las empresas; lo permanente, la meta de competitividad.

Por último, comentarles que en tiempos de turbulencias económicas existen oportunidades de negocios importantes, que su organización debería de estar capacitada para aprovechar. Si no es así, le recomendaría, desde mi modesta opinión, que revise su modelo de negocio en profundidad y tome las decisiones adecuadas para ser mas competitivo en las nuevas premisas de mercado, que nunca es tarde ni demasiado pronto, porque como se dice en las películas de terror… ¡Ya esta aquí!


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