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Yo, blogger, juro o prometo…

Ya casi nadie cuestiona el poder de los blogs como canal de comunicación directo, fiable y dotado de un indiscutible poder viral. La mayoría de los grandes diarios (con algunas excepciones) los han incorporado como una sección más, los políticos (no sabemos si con negro o sin él) se apuntan a la moda, las agencias de marketing los utilizan para dar a conocer los productos de sus clientes, los consumidores hacen oír su voz para denunciar los abusos o deficiencias, antes impunes, de las compañías… Cada vez es más difícil dar un paso en Internet sin pensar como integrar de una u otra forma los blogs en la estrategia del proyecto.
Con tanto movimiento, es natural que se esté configurando un nuevo código deontológico, el de la ética del blogger. A raíz de casos recientes, como los de Fon y Wal-Mart, se plantea hasta qué punto un blogger se puede “dejar influir” en beneficio propio por tal o cual compañía o producto, y donde se sitúa la delicada frontera entre el interés personal y la información altruista, entre la opinión insobornable y la recomendación intencionada, entre, en definitiva, una voz independiente y una interesada.
Al final, no sería de extrañar que acabara imponiéndose una especie de equivalente al juramento hipocrático para garantizar la insobornabilidad del autor: “Yo, bloggger, juro o prometo estar libre de toda relación comercial, pecuniaria o de cualquier otra índole con la empresa X, y declaro que nada, al margen de mis pensamientos y experiencias personales, influye en las opiniones vertidas en mis posts.” Amén. Más


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