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Huxley Vs. Orwell: Un voto de confianza para las marcas

Hace unos días salió a la luz la noticia de que el gobierno de EEUU ha conseguido, con ayuda de expertos israelíes, acceder al famoso móvil del terrorista de San Bernardino. No lo ha conseguido, sin embargo, con ayuda de la gente de Apple. Las grandes marcas, que en muchos casos tienen ya mayor poder que los gobiernos, comienzan a plantarles cara. Ante esta situación el ciudadano medio se pregunta ¿qué implica que las marcas tengan en su poder nuestra información personal?

Seamos serios, todos los que navegamos por internet con asiduidad somos conscientes de que nuestro comportamiento está monitorizado. No lo vivimos como algo opresivo, en parte, porque para la mayoría de nosotros las consecuencias son inconmensurables (por pequeñas) pero también porque es algo que se ha sabido vender como “simpático” o “inocente”, incluso como que nos favorece. La publicidad se personaliza por lo que, de este modo ‘sólo’ nos cuentan lo que nos interesa, las páginas que nos sugieren se basan en búsquedas anteriores, según los locales que solemos frecuentar se nos recomiendan otros de características similares, y, en fin, un largo etcétera.

Ya hace tiempo, Neil Postman insinuaba en “Divertirse hasta morir” que vivimos en una “dictablanda” tecnológica.

Al final, nos pasamos tanto tiempo temiendo a un Gran Hermano grande y malvado, anunciado entre luces, pitos y fanfarrias, con grandes señales de aviso, imponiéndose sobre la sociedad como una especie de losa gigante, que no nos hemos dado cuenta de que se ha metido entre nosotros haciéndose pasar por nuestro mejor amigo. Se ha colado en nuestras casas a través de los enchufes y nosotros le hemos dado una palmada en la espalda para que entrara con fuerza.

Todos nosotros sabemos que nuestros datos (aunque no estemos seguros de cuáles, ni cuántos) están flotando por el ciberespacio en incontables listados, bases de datos, etc. En un mundo en el que nada es gratis, vivimos la era del gratis. ¿Qué significa esto? Que lo que no pagamos con dinero se paga con información sin apenas darnos cuenta: spam, llamadas de compañías telefónicas, información promocional; consecuencias más definitivamente engorrosas que preocupantes.

La gran pregunta es, ¿qué supone, a la hora de la verdad, que muchas marcas tengan nuestros datos? Todo depende de lo celosos que seamos de nuestra intimidad y de hasta qué punto estemos dispuestos a dar nuestro brazo a torcer. Si queremos vivir conectados… Entonces, quién más quién menos dejará sus datos a disposición de terceros. No es imposible evitarlo, pero sí extremadamente complicado. La respuesta, en resumen, es que saben mucho de nosotros y lo usan para vender. Podemos entrar en análisis del comportamiento, en terceras vías y en el debate sobre la libertad. De momento, lo único cierto es que, contra la voluntad de vender está la decisión de comprar.

 

Cuando llega la hora de la verdad, cuando el Gobierno, que por cierto ya tiene todos esos datos, solicita otros (datos que sí sabemos confidenciales, que no hemos acordado abrir a nadie), entonces las marcas se portan. Cierran filas y dicen: no, por ahí no podemos pasar.

Olé por ellos.


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