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La era del Centauro. Mitad hombre mitad máquina

Cuando en 1997 Deep Blue se convirtió en el primer programa de ordenador capaz de derrotar en un match con ritmo de juego normal al entonces campeón del mundo Gary Kasparov, nos dimos cuenta de que todo había cambiado para siempre. El mérito no era atribuible únicamente a una capacidad de cómputo incomparablemente mejor que la de cualquier humano, porque en el ajedrez las variantes son casi infinitas.

Había algo más en esa proeza, un cierto tipo de entendimiento profundo del juego y sus sutiles equilibrios a medio y largo plazo. De algún modo, los complejos algoritmos empleados por Deep Blue habían sido capaces de simplificar el árbol de jugadas alternativas y de valorar su calidad con una precisión superior a la del mejor jugador del mundo.

Sería natural pensar que casi dos décadas después de ese hito, de la sorprendente emergencia de esa inteligencia artificial, el mejor jugador actual sería algún programa de ordenador, pero, como indicaba agudamente Clive Thompson en su recomendable libro ‘Smarter than you think’, el mejor jugador hoy en día no es un programa sino un conjunto de veinte grandes maestros y media docena de programas de ordenador que, actuando de forma conjunta, tienen las mejores estadísticas de rendimiento de la historia.

Lo curioso de estas dos décadas es que hemos podido comprobar cómo las máquinas y las personas llegan a la resolución de problemas complejos por vías muy diferentes y extraordinariamente complementarias.

A este paradigma de colaboración sinérgica entre hombre y máquina que nos permite alcanzar una inteligencia más sofisticada y eficaz se le llama Centauro, el ser mitológico parte hombre y parte caballo.

Los avances en inteligencia artificial de los últimos diez años han sido sorprendentes. La irrupción de nuevas formas de representación de los datos, el uso de enormes repositorios de información clasificadas por millones de usuarios en las redes sociales que han servido de campo de entrenamiento para sofisticados algoritmos, la mejora en los paradigmas de aprendizaje,… Todo ello ha conformado un campo con un desarrollo y sobre todo, un potencial excepcional.

Aún así, y a pesar de los cantos de sirena, la inteligencia artificial sigue teniendo importantes limitaciones que se superan de forma eficaz cuanto se integran de forma adecuada dentro del mismo proceso personas y algoritmos que crean un centauro.

Los superpoderes de los centauros son muy variados, porque a día de hoy otra de sus características es la especialización: algunos pueden clasificar millones de registros provenientes de la observación astronómica para identificar nuevas Tierras fuera de nuestro Sistema Solar o amenazadores objetos cercanos a la Tierra, para diagnosticar enfermedades empleando las imágenes de un scanner, predecir averías en complejos procesos industriales o convertir las películas y series en contenido completamente interactivo.

Es lo que llamamos la Era del Centauro, máquinas procesando cantidades inimaginables de información a la vez que personas con o sin entrenamiento previo ejecutan microtareas que dan como resultado una inteligencia que supera a cada una de sus partes tanto en cantidad como en precisión. Personalmente, no sé si me gusta la idea de dejarme operar algún día por una máquina autónoma, pero… ¿Y por un centauro?


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