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Commodore 64, el ordenador más famoso de la historia

Dice el libro Guinness de los récords -el de 2001, eso sí- que el ordenador más famoso de la historia es el Commodore 64 (C64), del que se vendieron 30 millones de unidades entre 1982 y 1993, una cifra superior a todos los Machintosh vendidos hasta hoy en el mundo.

Por eso hablamos de uno de los productos más demandados y cotizados en webs como eBay y Amazon. Los coleccionistas, nostálgicos y apasionados de la informática llegan a pagar por esta reliquia hasta 4.500 dólares, cuando uno de los modelos más baratos costaba 595 hace veintitrés años.

El modelo básico tenía un procesador MOS 6510, 64 KB de RAM -la memoria más alta de la época-, incluía software para varias aplicaciones, juegos y una serie básica de programación, que entre otras cosas le permitía combinar textos y gráficos. Además, otro de los factores que contribuyeron a su gran éxito fue que podía adquirirse casi en cualquier parte (tiendas de juguetes, de muebles, etc), aparte de en los comercios especializados, algo que no fue común al resto de PC hasta bien entrada la década de los 90.

Para Bob Van Sickle, investigador del Institute of Electronic and Electrical Engineering, no todo es una cuestión de nostalgia, porque este experto llega a afirmar que cualquier especialista sabe que el procesador y el software del Commodore es mucho mejor de lo que hay ahora. “Es un PC que aún puede usarse hasta con aplicaciones multimedia; sólo es cuestión de aumentarle la memoria”, dice.

Que sigue siendo una máquina útil en nuestros días lo atestiguan que sea la marca tecnológica más recordada, según la revista estadounidense Zzap! y los centenares de homenajes editoriales recibidos durante dos décadas.

Fundada en 1955 en Canadá como ensamblador de máquinas de escribir y después como el primer fabricante de calculadoras de bolsillo, Commodore Internacional Limited es una empresa que ya no subsiste, pese a que su tecnología es aún utilizada en algunos ordenadores Gateway.

Según Sickle, “Commodore no sabía hacer negocios; sabía crear cosas novedosas e invertía todas sus ganancias en investigación y en probar nuevos mercados. La mató la deslealtad, porque muchos de sus altos directivos no pudieron resistir la tentación de incorporarse a la competencia o de venderles secretos profesionales”.


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