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Soy un pirata frustrado

Llevo más de dos años bajándome música gratis de Internet. Soy lo que se denomina un pirata musical y, la verdad, es que nunca me ha dado ningún reparo que me llamen así, más bien todo lo contrario. No me arrepiento de fomentar el descenso de ventas de discos en todo el mundo, aunque mi contribución sólo sea anecdótica. Y es que somos tantos…

Por supuesto que soy de los que consideran que es injusto pagar 16 euros por un disco en una tienda cuando a través de Internet apenas me sale por 50 céntimos. Sobre todo cuando me gusta disponer de las últimas novedades. Sumando sumando, si adquiriera todos los discos originales que me bajo de la Red debería irme olvidando de pagar la hipoteca de la casa, la gasolina del coche o el recibo de la luz. De hecho, me daría lo justo para comer todos los días unos sandwiches de máquina.

Así que Internet ha limado mi pobreza o contribuido a mi riqueza, como se prefiera ver. Estoy al tanto de los últimos discos que se sacan e, incluso, voy varios meses por delante de muchos melómanos. En la estantería de mi casa ya está el último trabajo de los ingleses Suede, cuya edición no está prevista hasta el 16 de septiembre, el de los también británicos Coldplay -que aparecerá a finales de este mes –y hoy mismo me he descargado el nuevo álbum de la estadounidense Tori Amos, que no podrán comprar los desconectados hasta finales de octubre. Voy un par de meses adelantado.

También fui uno de los 60 millones de usuarios de Napster y formo parte de esos 100 millones de internautas que se han descargado el software de Kazaa para conseguir canciones a cambio de un simple gracias. La conexión a Internet que tengo desde casa va a pedales, por lo que la mayoría de la música que me bajo de la Red es desde la oficina. Afortunadamente en el trabajo cuento con una buena grabadora, que tarda una media de 18 minutos en tostarme un CD, y una buena conexión.

En el escritorio de mi ordenador dispongo de una carpeta con el original título \”Mi música\” en la que guardo todos los ficheros MP3 que me apetecen. A día de hoy dispongo de 927 canciones, que me ocupan 3.87 gigas de memoria, lo que contribuye a que mi ordenador responda cada vez peor. Esto me obliga a mantener el número de archivos por debajo de mil. Más que nada porque me molesta navegar en una barca de remos o que tarde minutos para abrir un documento de Word.

El ordenador de mi trabajo es mi mejor discoteca. Si lo supieran mis jefes…

Aquellos maravillosos años

Fui un pirata feliz en los tiempos de Napster. Recuerdo que siempre tenía el programa abierto, no sólo para coger música a otros usuarios, sino también para compartirla. Napster impulsó mi espíritu solidario. Pensaba que muchas de las canciones que poseía tendrían un gran valor para alguien de, por ejemplo, Alaska. Al final del día me daba cuenta de que conseguía lo comido por lo servido. Descargaba una media de 20 temas –el número variaba en función del espíritu con el que llegaba a la oficina– y prestaba una cifra similar.

Fui un pirata solidario con otros corsarios del mundo.

Tardé poco en conocer a la RIAA. Al principio no presté mucha atención a esta asociación que se empecinaba en destruir los programas que hacían mi jornada laboral más agradable. Confiaba aún en el carácter abierto y un tanto anárquico de la Red. Pero al poco tiempo me percaté de que no todo el monte es orégano. Ni siquiera en Internet. Napster murió en mis brazos, o dicho de forma más gráfica, en mi teclado.

El programa creado por un joven de 19 años que encendió la mecha de la revolución en Internet -llama que aún perdura, por mucho que algunos no lo quieran ver– se fue apagando poco a poco. El primer aviso que me hizo ser consciente de que las cosas estaban cambiado fue cuando traté de conectarme una mañana y el acceso me fue denegado. Había cometido la torpeza de descargar una canción prohibida. Yo también fui expulsado de Napster, aunque sólo por unos días.

Fue un incordio –tuve que registrarme de nuevo utilizando un nick nuevo y dando una cuenta de correo falsa– y hacer unas cuantas triquiñuelas que aprendí de un nodo que, creo recordar, se llamaba Vetadosdenapster.com o algo así.

La alegría me duró poco porque, como ya he dicho, Napster empezó a morir poco a poco. La facilidad para encontrar canciones fue decreciendo y, de una semana para otra, apenas podía localizar ninguna de calidad. Mucho menos discos nuevos.

Desconcertado, acudí a un amigo en busca de salvación.

\”Utiliza un nuevo programa que se llama Audiogalaxy, que funciona bastante bien\”, me comentó.

A los cinco minutos ya tenía el logotipo en el ordenador y tres canciones bajándose a toda velocidad. Era cierto: las descargas eran más rápidas que en Napster, aunque el archivo musical era más escaso. Me daba igual, las novedades discográficas estaban allí, al igual que millones de canciones jamás editadas o conciertos piratas, que siempre me han gustado coleccionar.

Otra vez fui feliz, aunque sólo por seis meses. Comenzaba a ser un pirata frustrado.

La RIAA volvió a sacar su cuchillo para degollar a Audiogalaxy. Vaya que si lo consiguió. Eso sí que fue un trabajo efectivo realizado de la noche a la mañana. Delante de todas las canciones aparecía un asterisco, dolorosa señal de que era imposible descargarla.

Y es a partir de aquí cuando comenzaron a surgir los problemas.

Kazaa, el mal menor

No es que muerto Audiogalaxy se acabara la rabia de la música gratis en Internet, pero casi. Para conseguir un disco nuevo hoy debe rastrearse la Red con cierta destreza. Mucho más complicado resulta obtener grabaciones piratas de discos, caras B o maquetas.

De acuerdo, ahora utilizo Kazaa (el Kazaa Lite para ser correctos, ya que no quiero que el ordenador se me infeste de virus y demás porquerías como CyDoor y el 3D Projector de Brilliant Digital), pero a pesar de contar con cien millones de usuarios la variedad apenas es perceptible. Y de la velocidad para qué hablar. Antes de que concluya una descarga te da tiempo para meterte una comida de café, copa y puro.

Los problemas fueron a más una mañana en la que el técnico de mi trabajo nos mandó un correo en el que decía, más o menos, que la compañía había detectado que muchos de los empleados utilizaba la Red para fines que se salían del aspecto puramente profesional. Mi empresa se unía así a muchas otras que han llevado a cabo el mismo veto debido a que piensan que sus trabajadores pierden el tiempo, gastan ancho de banda y les puede caer un puro por parte de la industria de la música. La señal de alarma se encendió cuando, en abril, la RIAA demandó a la firma Integrated Information Systems (IIS) alegando que sus trabajadores se intercambian ficheros mp3 a través de sus redes internas. La empresa de Arizona acordó pagar un millón de dólares a las discográficas. Mi compañía no quería convertirse en la segunda parte de IIS.

Tras leer el correo enviado por el técnico pensé que, probablemente, la decisión no me afectaba para nada. Inocente…

Traté de conectarme a WinMX (otra de las plataformas para compartir música) y no pude. La versión normal de Kazaa tampoco respondía, y si querías acceder a los restos de AudioGalaxy pasaba tres cuartos de lo mismo. Pues vaya, había que intentar ser más listo que las persona que ejercía un rastreo semanal de nuestra navegación para saber qué sitios perjudicaban seriamente nuestra labor profesional.

Los problemas no desaparecieron con Kazaa Lite. Semanas antes de que saliera publicado, me bajé el nievo disco de Bruce Springsteen. Tuve un éxito del 50%. Varios temas no eran lo que prometían; en lugar de un mp3 con la canción completa, el archivo cosistía en un clip de unos 20 segundos repetido varias veces (para que el tamaño del fichero no lo convierta en sospechoso). Otras veces del tema sólo se oía un silencio absoluto que duraba cinco minutos. Las nuevas armas para desesperar a los piratas musicales empleadas por la RIAA funcionaban.

Visto lo visto, volví a recurrir a mi amigo con la intención de que me dijera qué programa era el más recomendable.

\”Bájate Filetopia, que hay de todo\”, dijo.

Allí que me fui. Una vez instalado hice la prueba de rigor. Siempre llevo a cabo la misma: pongo en el buscador The Beatles, de los que siempre suele haber un buen número de canciones allá donde busques. 54, sólo 54 me aparecieron en la lista de resultados, cuando lo normal en los buenos tiempos de Napster o Audiogalaxy era entre 800 y mil. Apañados íbamos.

Probé con otros programas como Survey, Blubster y Morpheus. Sólo el último merecería un aprobado por los pelos. Tampoco funciona mal del todo NeoNapster, cuyo nombre deja sus intenciones bien claras. Pero claro, si lo comparas con su padre o Audiogalxy, te das cuenta de que conseguir música de Internet a día de hoy está más complicado que nunca.

Parece que la RIAA nos está ganando la batalla. ¿Sabremos reaccionar?

Últimamente me he buscado nuevos trucos para fabricar mis propios CDs. En vez de programas prefiero buscar discos enteros en las cientos de páginas disponibles que hay para ello. Simplemp3s.com y 21st Century Mp3 ya están en mi carpeta de favoritos. Y es que no sólo cuentan con una amplia variedad de discos completos, sino que también ofrecen muchos que aún no han sido editados.

Las páginas funcionan bien, siempre que funcionen. Un ejemplo: para bajarme el disco completo de Suede necesité conectarme diez días seguidos, ya que casi siempre los archivos se quedaban colgados a la mitad de la descarga. Lo consigues, pero necesitas paciencia y mucho tiempo libre. Mejor resultado proporciona pasarse ficheros a través de cuentas FTP o bajarse canciones de páginas personales.

En fin, soy un pirata musical frustrado. No obstante, me puedo dar con un canto en los dientes porque, por muy mal que vayan las cosas, continúo incorporando nuevos títulos a mi discoteca personal. Pero se apodera de mí el de desconcierto al comprobar cómo aparecen listas intentándole encontrar el sustituto a Napster o Audiogalaxy y todos son copias de mala calidad.

A pesar de todo no me quitaré el parche de pirata. La esperanza es lo último que se pierde, por mucho que la RIAA quiera meter a gentuza como yo en la cárcel.

* Las situaciones que se narran en este artículo no tienen por qué haberle pasado necesariamente al autor. O sí. El lector es muy libre de pensar lo que quiera.


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